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OPINIÓN
TRIBUNAABIERTA
El
éxito es vivir
MANUEL VILLAR RASO/JOSÉ IBARROLA
EL
correo me ha traído el regalo de un amigo, de un pequeño pueblo al lado
del mío, en el que hoy apenas quedan tres o cuatro familias que viven del
ganado, tal vez los mismos ganados merinos que él pastoreaba de niño por
los campos sorianos antes de entrar al seminario. 58 años. Ha sido su
último libro. Hacía unos meses que se había retirado con su Teresa a Port
de la Selva en Mallorca, lugar elegido para despedirse de este mundo, al
anunciarle el cáncer que le quedaba escaso tiempo de vida, y la lectura de
'Mientras cenan con nosotros los amigos' me ha enternecido. En la
dedicatoria nos invitaba a mi mujer y a mí a pasar una semana con ellos y
le di largas, ignorante de su cáncer. Él volvió a insistir en dos
ocasiones: «Sigues sin venir a cenar con nosotros», fue la primera. Le
envié como disculpa mi último libro y todavía tuvo humor para responderme
con un hermoso ensayo
sobre él, darme las gracias por el regalo y decirme, «pero continúas en
deuda conmigo. La única obra de arte que vale la pena, Manuel, es la vida
propia de cada uno, y los amigos».
Su muerte me cogió desprevenido y hoy leo despacio su novela póstuma,
quemando el dolor e iluminando su recuerdo. Para los que no lo
conocisteis, Avelino Hernández era alto, enjuto y refinado, un buen
periodista y escritor, con la mirada encendida de quien consume whisky de
calidad trasnochando con amigos, calvo de medio cráneo y con guedejas
lacias pendiéndole del otro medio, un gesto hermoso, una voz poderosa que
captaba la atención de todos, y proyectos de libros y de viajes sin tiempo
para realizarlos. Y, pese a ello, con fuerza para escribir un ensayo sobre
mi novela y decirme en su última invitación que, «la única obra de arte
que verdaderamente vale la pena es la vida propia de cada uno, y los
amigos».
Con Avelino Hernández, siempre hablábamos del terruño común de nuestra
Soria natal, donde vivimos el tiempo del hambre y la pobreza de la
postguerra. Venía a Granada con frecuencia, siempre en primavera, y se iba
con un montón de historias, deslumbrado por la ciudad, las Alpujarras y
por nuestros amigos poetas. Nunca hablamos ni de religión ni de política.
«Complicado arte éste de vivir, echas la religión por la puerta y se te
cuela la política por la ventana. Vivir, esa es la victoria, ese es el
éxito, Manuel. Acepta mi modesta opinión. Si quieres ser feliz a ninguna
de las dos las sientas en tu mesa cumplidos los cincuenta» y, siguiendo su
consejo, nunca hablamos ni de religión ni de política. Hablábamos de
libros y de viajes, que firmaríamos y realizaríamos juntos.
Sus historias, con ecos virgilianos, hablan de mirlos a los amaneceres, de
hojas que amarillean en la orilla del río mientras languidece la luz de la
tarde, de membrillos y de las acerolas que llevan las mujeres al mercado,
de niños saharahuis, de África y de América, de un hombre que presiente
que va a morirse antes de que acabe febrero y sonríe al ver besarse a una
pareja joven frente al mar, ella es muy hermosa y tiene el color de las
manzanas. El hombre, junto a su mujer, también sonríe y, a punto de
besarla, se detiene a tomar aire y le pide perdón con un gesto de las
manos por la tos que le sube a borbotones del pecho destrozado.
Si es verdad que uno escribe por y para los amigos, como dice García
Márquez, Avelino Hernández fue un triunfador. Escribía al modo como lo
hacían, en la pintura, los impresionistas, siempre para los amigos, y su
pregunta básica en sus relatos es cómo vivir para encontrar el secreto de
la felicidad: Tener una mujer fiel, una casa junto a un río en una isla,
una mesa en que escribir, un barco en que navegar y un montón de amigos de
los que escuchar historias y a los que contar las propias, reales o
imaginarias. Lo demás, ya lo dijo don Quijote y lo repite Julio Llamazares
en un ensayo sobre él, no son sino engaños torpes en los que los hombres
perdemos la vida.
El Ideal
de Granada, 28 de abril de 2005 |