Baroni: un viaje

Sergio Chejfec

Páginas 94-97

 

Candaya, 2010

 


 

Los arbustos más o menos repetidos, las flores iguales pero de distinto color y las piedras decoradas que demarcaban, a veces innecesariamente, el sendero, como digo me sumieron en una especie de sopor. No sé si habrá influido también la temperatura, en ese momento en los niveles máximos del día; en cualquier caso me sentí inmovilizado y absorto, detenido en el tiempo sin capacidad de reacción, apenas de razonamiento. Seguía avanzando al lado de Baroni, podía moverme, comprendía de sus palabras lo que la casualidad permitía, pero sentía que me había quedado en el mismo lugar varios metros atrás, cuando esta sensación de ausencia o de vacío, no sé cómo llamarla, se había manifestado. Y todavía más, se me ocurrió pensar que a pesar de mis apariencias de vida normal o anormal, similares a las de cualquier otra persona, yo en momento alguno había dejado de estar así, en situación de estupor silencioso, inmovilizado por las circunstancias y sin saber cómo actuar ni pensar, y por añadidura sin preocuparme demasiado por ello; lo concebía como parte de la naturaleza, pensaba que cada uno carga con la propia insensibilidad o dolor que lo encadena al piso, etc. Era incapaz de culpar a Baroni por mi estado, sabía que ni esa casa ni aquella región tenían ninguna responsabilidad. Aparte, estaba claro que si los mangos no habían logrado afectarme antes, ahora mucho menos lo podía hacer ese jardín silvestre. Lo mío venía de otro lado, era antiguo y profundo, o superficial y reciente, quién sabe. Veía que las veces cuando antes se había puesto de manifiesto no lo había advertido con esta intensidad; y después había dejado de manifestarse porque sencillamente toda mi persona ya estaba sujeta a su dominio, y me encontraba hundido en la más completa indiferencia. La célula de indiferencia con la que cada uno nace, similar a la célula de identidad que cada quien tiene, en mi caso había crecido de una de las maneras posibles, o sea revirtiéndose contra mí mismo.


Así estábamos, avanzando a paso lento por el jardín. Yo sabía que la visita estaba por concluir, o más bien que tarde o temprano en algún momento de esa tarde iba a acabar, y me resultaba igual que ocurriera en esos instantes o en las horas siguientes. Era mi voluntad sometida a la propia insensibilidad, especialmente arrullada por las inescrutables palabras de Baroni. En un momento se me ocurrió pensar que ella en realidad lanzaba pedidos de auxilio, y que la causa de esa voz debilitada radicaba en el tiempo prácticamente infinito sin ser oída desde que había comenzado a dar sus gritos. Como se dice, años de amargura e incomprensión. Similar a esos seres aplastados que sólo precisan de alguien que los salve, pero a lo mejor no encuentran a nadie, así se les va acabando el tiempo y la voz. Según esta ensoñación, yo era una de las últimas posibilidades de Baroni, ya casi no le quedaba nadie por conocer porque vivía apartada, en una de esas viviendas escondidas en los barrancos, invisibles desde la carretera, por la que pasaba de todos modos muy poca gente. El esfuerzo por articular alguna frase audible estaba más allá de sus propios límites, exponiéndose a la postración definitiva, la vida condenada a transcurrir sin rescate ni salvación. Así, yo veía con estupor cómo se ponía en puntas de pie para hablarme, y cómo estiraba su cuello de forma sobrenatural para acercarse a mi oído, lo cual tampoco servía de nada. Me sentía culpable de estar tan sordo y no poder ayudar. Ahora bien, yo arrastraba mis propios problemas, el mencionado adormecimiento era prueba de ellos, por lo tanto no sabía si mi dificultad para entender se debía a sus condiciones o a mi estado, cuando sin embargo resultaba claro que no había mucho misterio: lo que ella reclamaba estaba más allá de lo que dijeran sus palabras, por lo tanto mi comprensión no pasaba necesariamente por ellas.


O sea, estábamos frente a un problema. Me acordé de la salvación que había protagonizado Baroni, cuando rescató al hombre ahogándose en las aguas de la quebrada, como seguramente explicaré más adelante. Ella no se había hecho demasiadas preguntas frente al peligro, había decidido actuar como le dictaba su naturaleza, su conciencia práctica o lo que fuera. Y en contraste, yo pensaba en las señales y los pasos a seguir según unos protocolos demasiado lentos y en especial inútiles. Es verdad que lo suyo había sido un sueño; no obstante, estaba modelado como si fuera un trance real. Ésa era nuestra gran diferencia, y acaso la razón última de que yo no pudiera ayudarla. Para Baroni no siempre había una verdadera distancia entre realidad y fantasía; y yo empeñaba mi tiempo, todos los días, en discriminar lo verdadero de lo falso, con el problema adicional de quedarme siempre del lado de lo irresuelto. Nada tenía demasiada entidad para ser verdadero; hasta lo más crudo y material, lo más definitivo, se representaba como provisorio, o en todo caso circunstancial o, aún más complicado, débil e informe: podía darse el caso de que la realidad fuera irreconciliable con la fantasía, pero aun así se terminaría plegando a la sucesión, y con ello al olvido, que es una forma de ilusión. ¿De qué sirve la verdad si no perdura? Ésta era una pregunta que, según sentía en ese momento, podía aplicar a todo lo conocido, tanto general como privado, tanto lo inmediato como lo menos cercano. Encontraba la verdad no solamente débil, sino también maleable, apocada y frágil: en este punto se traducía como fantasía. Una parte de los detalles de cualquier cosa dejaban de ser ciertos, o eran redundantes o insuficientes, y enseguida se producía la equivalencia, la traducción, y con ello la verdad se diluía.