Algunos fragmentos de Combates
Ednodio Quintero
(Candaya 2009)
El sol se hundía en las lejanísimas montañas coronadas de nieve, veteadas en los flancos por líneas verdosas, rayadas de carbón. Yo avanzaba a través de un sendero pedregoso dejando a mis espaldas un rastro de sangre. Me detenía el tiempo justo para respirar y luego reanudaba mi implacable marcha pues no quería que la noche me sorprendiera a descampado. Abrigadas en las sombras, las fieras o las aves de rapiña me acosarían sin piedad, y en aquel estado de indefensión, ¿qué resistencia les iba a ofrecer? Moverme me causaba daño, ya que, prácticamente, ninguna región de mi cuerpo había escapado al castigo. A decir verdad, mis heridas no eran de muerte, pero este hecho no me consolaba. ¿Qué ventaja se derivaba de aquella circunstancia? Morir no era mi mayor preocupación. Ya habría tiempo para ocuparse del trance final.
Mientras avanzaba apoyándome en alguna raíz enterrada en los salientes rocosos, me invadía una rara sensación, semejante a la desilusión o la tristeza. No obstante, su verdadera naturaleza no era fácil de definir. Yo me había habituado a la derrota, mi destino estaba entretejido por la traición. Entonces, por qué habría de afligirme esta nueva caída siendo que ella no era más que una reiteración, otro eslabón en la cadena. Acaso, por primera vez, tuve conciencia de que aquel sentimiento, el que fuera, rebasaba mis propios límites y se precipitaba en el vacío.
Había librado un combate desigual, y supe desde el primer momento que no tenía la más mínima posibilidad de resultar vencedor. Pude eludir el encuentro pues nada me obligaba a someter mi cuerpo a semejante escarmiento. Sin embargo, una fuerza para mí desconocida sostuvo mi decisión. ¿Acaso me solazaba en el dolor? No lo creo, no ha sido el dolor mi aspiración esencial. Al menos, voluntariamente, no me expongo a la crueldad. Ahora, ante mi piel desollada, de nada servían los pensamientos. Cualquier hipótesis resultaba superflua. Pero no podía dejar de pensar; al contrario, imágenes y voces fluían incontenibles, fustigándome y atormentándome, convirtiendo mi huida en un vía crucis mental.
Escuchaba la risa burlona del enemigo, escudado detrás de la máscara de hierro, y aquella risa endemoniada era preferible al silencio pues opacaba su irritante respiración, silbante y persistente como el zumbido de un moscardón. Y cuando al fin cesaban la risa y el silencio, en algún lugar de mi memoria surgía nítida una figura familiar –cuyos rasgos habría reconocido entre una multitud–. Se incorporaba en su tumba y me increpaba con palabras terribles, que llegaban a mí desfiguradas por la lejanía, astilladas por el viento de la eternidad, y que hacían vibrar mis oídos como una maldición. ¿Estaría yo condenado a oscilar el resto de mis días entre carcajadas de burla y voces muertas? A través de aquel odioso contrapunto se filtraba, débil –e inconfundible–, un sollozo. Yo había traspasado no sé cuántos umbrales del sufrimiento, pero el sonido de mi propio llanto no lo iba a soportar. Arranqué un puñado de hierba seca mezclada con tierra y taponé mi boca para sofocar mi voz. Y reanudé la marcha dispuesto a no dejarme arrebatar por ninguna imagen del pasado, pues sabía que en aquel territorio de cenizas, y no en mi cuerpo desvalido, se centraba mi debilidad.
Llegué a un promontorio desde el cual, los días claros, se alcanzaba a ver, en el fondo del valle, el techo de mi cabaña. Hoy, las nieblas ligeras que ascendían por el cañón como si huyeran de la noche cercana, lo ocultaban. Aceleré el paso. La noche no me alcanzó, tampoco el puma montañés. Mi refugio de paredes encaladas olía a tabaco y laurel. Yo pensaba que al entrar en mis dominios me derrumbaría a causa de la fatiga; más bien, gracias al cielo, sentí un alivio repentino como si me hubieran untado un bálsamo rejuvenecedor. Pero no me hice ilusiones: sabía que el dolor no tardaría en volver, acrecentado por el relente del atardecer. Encendí el fogón, y a toda prisa, aprovechando las últimas luces y mis escasas fuerzas, calenté agua que fui vaciando en una tina y le agregué una libra de sal. Me hundí en aquel caldo salobre y pronto me quedé dormido. Soñé que sobrevolaba un paisaje de altísimos conos de ceniza, convertido en halcón. Aquellos parajes me eran desconocidos, sin embargo, por algún oscuro mecanismo de asociación me recordaban el escenario del combate.
El combate (fragmento), páginas 36-38
Combates / Ednodio Quintero (Candaya 2009)
Ya era la tercera vez que la gitana entraba al prado, y ella sabía que su presencia me irritaba. La amenacé de nuevo con soltarle los perros, pero pareció no darse por enterada y se quedó merodeando por los alrededores del caserón. Yo estaba dispuesto a librarme de la intrusa, mi paciencia tenía límites, y me encaminé en dirección al pabellón de caza en busca de los doce galgos encerrados en jaulas de madera. La gitana me alcanzó y halándome por la manga del jubón me preguntó: «¿De verdad, señor, piensa echarme los perros?». Vi en sus ojos, negrísimos y húmedos, un ramalazo de terror; temblaba de miedo. Peor para ella, pensé. Con voz serena confirmé la sentencia: «Sí, muchacha, los azuzaré contra ti. Así que, puedes comenzar a correr». Luego me escuché diciendo una insensatez: «Pero no te preocupes, es sólo un sueño». «¡Un sueño!», repitió y sus ojos desorbitados brillaron con tonalidades de azabache y carbón.
Cuando todas las jaulas estuvieron abiertas y los perros ladraban y se empujaban inquietos delante del portón, les señalé la presa, una mancha colorida, como una sucia bandera, que se agitaba en la colina. La jauría salió en estampida, y yo, satisfecho, enrumbé mis pasos hacia la caballeriza. El alazán, que permanecía siempre ensillado, golpeaba el piso de piedra con los cascos de las patas delanteras. Pronto partí al galope por el camino de la colina. No quería perderme los detalles de la carnicería. Alcancé la cima y desde aquella posición tuve una visión espléndida del valle. Los perros corrían a saltos rítmicos, como gimnastas en una exhibición, y la gitana, con el cabello al viento, y de tanto en tanto volteándose para atisbar a sus perseguidores, se empeñaba en mantener una ventaja cada vez más precaria. En pocos minutos le darán alcance y la despedazarán, pensé, y clavé las espuelas en los ijares de mi cabalgadura.
Al final del valle se levantaba un bosquecito, y a medida que me acercaba a él, guiándome por las huellas de los perros, me sorprendía de la resistencia de la gitana, pues aún no escuchaba la algarabía de la jauría cobrando la presa. Bueno, me dije, en el bosque tendrá mayores dificultades para correr, los perros saben lo que hacen, la rodearán, no escapará. Y si por un azar logra subirse a un árbol, los galgos montarán guardia hasta que llegue su señor, y aquí está la ballesta. Yo llevaba mi arma favorita en bandolera, y con la mano libre palpé el carcaj lleno de flechas, atado al arzón. Lo lamento, en este juego quien fija las reglas soy yo.
Atravesé el bosque siguiendo un sendero estrecho que no conocía muy bien, y en un paso abrupto y resbaloso tuve que bajarme del caballo y obligarlo a saltar. Se veían por doquier ramas quebradas, rastros de pisadas, y en el aire flotaba el aroma de rabia de aquellas bestias entrenadas para matar. Cuando salí del otro lado, la impaciencia comenzaba a ganarme la partida. Le solté la rienda al caballo y lo animé con gritos e imprecaciones, que parecían más bien dirigidos a la fugitiva. Luego de un largo trecho, a campo traviesa y sin aflojar la marcha, divisé un remolino de polvo en la lejanía: la gitana y sus perseguidores. Aunque la evidencia no dejaba espacio para la duda, yo me negaba a admitir la resistencia inhumana de aquella muchacha, un ser andrajoso y famélico, cuya sola presencia me perturbaba. ¿Y si se tratara de una hechicera? Tonterías, en el tercer siglo del segundo milenio prevalece la razón sobre la superchería. Seguramente, la pícara se crió a la intemperie y le hicieron beber sangre de jabalí. De ahí sus habilidades para la marcha forzada. Pero el tiempo corre también tras ella, sus fuerzas mermarán.
Sin dejar de galopar me di cuenta de que algo no encajaba en mi visión: el panorama que se desplegaba delante de mis ojos me era totalmente desconocido. ¿Acaso nos habíamos salido de mis dominios? Aquello sí era una novedad. Mis posesiones abarcaban centenares de leguas a la redonda del caserón señorial. Es verdad que yo no las había recorrido en su totalidad, pues se trataba de una tarea que ningún humano podría cumplir. Pero todos los terrenos aledaños al caserón me resultaban tan familiares como la palma de mi mano. ¿Cuánto nos habíamos alejado para caer en aquel territorio ignoto? Sin duda estoy dentro de mis predios, lo que sucede es que soy víctima de alguna alucinación. Espejismo, así lo llaman los cruzados que regresan de tierra santa. Sí, no debo buscar otra explicación, pues la perspectiva de cazar a una gitana fuera de mis feudos me produce un cierto malestar. Quiero decir que me podría acarrear algún inconveniente. Mis vecinos –con quienes no me precio de tener buenas relaciones–, influidos por los clérigos, condenan estas prácticas cinegéticas. Que yo aprecio como un ejercicio sano y excitante, propio de señores, eso sí. Mi padre lo consideraba superior a la caza del león, y le atribuía propiedades relacionadas con la potencia y la fertilidad. Con frecuencia le oí contar delante de sus invitados, cuando el vino lo volvía locuaz, que había engendrado a su hijo predilecto (yo) al regreso de una batida. Ah, y ahora vienen los clérigos –que siempre han envidiado mi vasta heredad– con su prédica revoltosa: dicen que también los gitanos tienen alma.
¿Qué pasa? Me he distraído en consideraciones retóricas, que debería reservar para las horas nocturnas, y he perdido el rastro de la jauría. Sigo sin reconocer el paisaje, enfilo mi cabalgadura hacia aquel montículo. Allá los veo, la maldita gitana mantiene la delantera. Avanzan por un camino ancho y trillado, tuercen en una curva, se acercan a una extraña edificación. ¿Extraña? Tal vez inexistente. Nunca había visto nada igual. Galopo, galopo, el suelo truena bajo los cascos del caballo, un presentimiento horrible cruza mi mente, crece como un torrente alimentado por una lluvia tenaz y repentina, aun cuando el caballo se convirtiera en Pegaso sé que no voy a llegar a tiempo para impedir que la gitana guíe los perros hasta la habitación. Sí, porque he reconocido el edificio, que a primera vista me pareció insólito: es un hotel de montaña. Esta misma tarde, vencido por el sueño, estacioné el jeep debajo de aquellos árboles, alquilé una habitación en la planta alta y me quedé dormido. Escucho la risa de la gitana, oigo los ladridos que se acercan a mi puerta, la derribarán antes de que me despierte.
Caza, páginas 69-72
Combates / Ednodio Quintero (Candaya 2009)