Lección contra los paracaidistas

Ernesto Pérez Zúñiga

Madrid.  Casa de América, 8 de junio de 2004


Gracias a la Casa de América, porque hoy es Casa que Anuncia y Acoge a uno de los mejores narradores Americanos, con triple A de heroína.  

Gracias a vosotros: vuestra presencia en estos días de Feria de Libro, con todas las acepciones de la palabra Feria, se agradece especialmente; y de algún modo se parece a una celebración. La celebración de la aparición de esta novela.  

Por eso, gracias a Candaya, a Paco y Olga, sin cuyo arrojo y buen gusto literario y  editorial, no estaríamos hoy aquí.  

De la misma manera que me fastidiaría tener que presentarle a mi propia madre un hermano mío, parido por ella, o a mi propio hermano, nuestro padre común, os confieso que me fastidia tener que presentar a Ednodio Quintero (y a él tiene que fastidiarle que le presente yo, porque viene de ser presentado en Barcelona por Enrique Vila Matas, en Canet de Mar por Juan Villoro, y en esa otra ciudad ilustre, Talavera de la Reina, ayer mismo, por otro narrador venezolano, Juan Carlos Chirinos).  

Os digo que me fastidia presentarlo y  que todavía aquí, en España, sea necesario comenzar por su bibliografía. No me da la gana. Si queréis, luego le preguntamos.  

Ahora basta decir que es uno de los grandes escritores de Latinomérica. Yo quise demostrarlo publicando aquí su Lección de física (Ultramarinos, Celeste). Muy pocos escucharon. Pero Ednodio ha vuelto con Candaya, que desde la edición a la promoción se están comportando como una editorial mayor.  

Yo conocí a Ednodio de la siguiente manera: barajaba unos cincuenta libros para comenzar la colección “Ultramarinos”, cuando alguien me llamó por teléfono, un presunto Ednodio Quintero. Yo había oído hablar ya de él y acepté la cita inmediatamente, en una plaza cercana  a la editorial. Cuando llegué a la plaza no vi a Ednodio, sino a un hombre vestido con una gabardina gris verdosa y un rostro serio, como de detective privado. Pensé que era un agente de Planeta que había venido a robarme a mi narrador venezolano. Pero no, era Ednodio Quintero. Me dio una muestra de sus libros, y, al leerlo, de inmediato lo puse a la cabeza de aquellos cincuenta libros que barajaba para separar la literatura auténtica de la de los impostores. Un trabajo demoledor, créanme, sobre todo si uno lo que pretende es publicar la auténtica: hay otros que eligen muy fácilmente a los impostores.  

Por eso, si yo tuviera que elegir un título para esta presentación sería el siguiente:

Lección contra los paracaidistas, basándome en una cita del propio Ednodio Quintero, sacada de Mariana y los comanches, y que tiene los tres sustantivos mejor puestos juntos que he leído últimamente: “Martín era un intruso, un paracaidista, un impostor”.  

Pero no crean que estoy estableciendo una dicotomía entre lo que es literatura y lo que no lo es. En absoluto, de hecho hay libros que, queriendo situarse fuera de la literatura comercial, logran un tufo exagerado a literatura, a molde literario, con el que se hacen innumerables estatuas de escayola para el adorno de estanterías o para jugar con las témperas. La literatura de Ednodio Quintero no tiene moldes: hace mucho que consiguió su estilo, su voz (que son muchas voces) y un mundo vasto e inquietante del que nos regocijamos sus lectores.  

Y no me refiero a un mundo autobiográfico. Les leo un párrafo al respecto, en la página 96 de esta novela:  

Escribir es como soñar, te lo he oído decir varias veces. El sueño revela facetas ocultas de nuestra personalidad. Seguramente en esta noveleta se esconde, bajo una triple máscara, algún episodio de tu vida, un suceso que quisieras olvidar. También tú has insistido en que todo lo que se escribe es autobiografía, pues el escritor sólo da cuenta de sí mismo. En este caso, como en tantos otros, confiaste a la ficción alguna perplejidad derivada de tu experiencia personal. Te retrataste en Mariana, tu ánima jungiana. Y asignaste a Martín atributos que sólo a ti te corresponden. Y tal vez para despistar un poco a un lector avisado, te inventaste un alter ego, Edmundo,  que a pesar de portar tu propio nombre y algunos rasgos de tu personalidad, no es más que un perro de  paja –una impostura más.  

Edmundo Quintero. Ednodio Bracamonte.  

Edmundo Bracamonte es el protagonista más nítido de esta novela y su retrato es éste. Pág. 151:  

Aquí estoy yo, Edmundo Bracamonte. Hijo de Adelaida y Ricardo. Nacido hace veinte años, una tarde ventosa de abril. Aries, carnero. Mi frente cornada por una cornamenta retorcida. Mi cráneo de huesos duros y afilados, que se van ablandando a causa del calor que brota de las piernas sedosas de mi amada.  

Esos muslos donde Edmundo apoya la cabeza pertenecen a Mariana, el gran personaje y obsesión de esta historia, perseguida por Edmundo y perseguidora de Edmundo, neurosis hecha mujer y multiplicada por el amor y el deseo de otra neurosis hecha hombre.  

Pero no es este un relato de pasiones al uso sino una novela de intriga narrada del modo más intrigante, cuyo argumento viene a ser el siguiente:  

Un  escritor hecho y derecho recupera del cajón un libro escrito en su juventud y que por alguna razón no ha destruido pese a su costumbre. El escritor, Edmundo Bracamonte, comienza a leerlo y nosotros con él. Mariana es el gran imán de la historia, una mujer seductora y cruel como una diablesa, y al mismo tiempo tan sedienta del corazón de la vida como una heroína de D. H. Lawrence. Es pareja de Martín, un pintor, que invita a viajar con ellos, después de muchos años sin verle, a un viejo amigo de juventud, que resulta ser un tal Edmundo Bracamonte, el cual en una época estuvo enamorado de Mariana. Un triángulo amoroso, sí, que aparece y desaparece en el tiempo y por el que Ednodio Quintero nos lleva del futuro al pasado y viceversa con una técnica quirúrgica. De la isla tropical, tórrida y sórdida, donde hay un insólito bar con neones y macarras, a la ciudad de la juventud donde hay otro bar llamado el Comanche. Los dos bares son los ángulos simétricos del triángulo en cuyo interior se desarrolla un equilibro entre la amistad, el odio, una homosexualidad iniciática, los celos, la crueldad, la entrega y la autodestrucción que está siempre a punto de desembocar en la muerte de alguno de los tres personajes singularísmos de esta novela.  

Esta es la novela que leen al mismo tiempo el lector, nosotros, y el escritor llamado Edmundo Bracamonte, y lo curioso es que su lectura comienza a tener consecuencias en la vida del autor, la mayor de las cuales es la aparición de una tal Mariana, de alguna manera idéntica y distinta al personaje que Edmundo inventó en uno de sus primeros libros, pero tan perturbadora como ella.  La Mariana que se pierde en la ficción, reaparece en la realidad del presente y Edmundo se ve en la alternativa de ganarla o deshacerse de ella.  

No es este el sitio para contar más de este argumento que está siempre interesando y sorprendiendo al lector y cuyos matices tampoco pueden abarcarse en un tiempo tan escaso. Les advierto que el final hará las delicias de los lectores más avisados, pese a la rabia subsiguiente de que ya se terminó el libro y no se puede seguir leyendo. Claro, ése era el final necesario pero...  

Hablemos mejor de la mirada del narrador, una mirada interior con la que Ednodio Quintero es ingeniero de lo no confesable, de las identidades que ocultamos normalmente en la vida cotidiana: las apariciones del subconsciente, las  conductas prohibidas. Les doy sólo un ejemplo:  

Por qué (elegiste a Martín), le dije, entre la docenas de pretendientes que la acosaban como moscas en torno a un tarro de miel (quise ser delicado al utilizar esta imagen, pues en mi imaginación no veía ningún tarro de miel sino una vaca muerta pudriéndose al sol).  

Como dice Juan Villoro en la introducción de este libro, “la realidad resulta insólita por la manera en que es razonada”, en este caso, por alguien, un narrador que, confiesa Edmundo, es “incapaz de discernir entre un hecho real y una pesadilla a la hora de la siesta”.  

Esta peculiaridad provoca que la novela esté llena de hallazgos en las maneras de narrar los planos de la vigilia y del sueño, lo percibido y lo imaginado, lo consciente y lo subconsciente, y ese otro plano, el del tiempo considerado lineal y que aquí aparece mezclado en un único todo como en la realidad misma. Les doy sólo un ejemplo:  

Mariana se está dando una ducha, tras la primera noche de amor con Edmundo:  

La melodía tarareada por Mariana se transformó en una algarabía de voces. Y el conjunto, surcado por el ulular de sirenas y por el rugido de leones, se hacía insoportable. Que cesen esos ruidos espantosos, supliqué. Imaginaba tímpanos reventados, surtidores de sangre manando de mis oídos, empapando la almohada blanca con las iniciales que mi madre bordara con primor. Pronto comprendí que para librarme de la pesadilla auditiva debería cambia de sintonía. Concentrar mis energías en otro lugar. Así estuve dando saltos de aquí para allá, encandilado por el reflejo del sol sobre la superficie sedosa de un pétalo muerto, sensible al roce de la punta de mis dedos contra la piel de mis mejillas sin rasurar, confundiendo los latidos de mi corazón con el retumbar ensordecedor de miles de tambores, saboreando mi propia saliva como si se tratara de un caldo tibio y venenoso (…)  

¿Cuánto tiempo permanecí atrapado en aquel juego? Si tan sólo me dedicara a recontar la serie de recuerdos que mi mente se ocupó de convocar, diría sin exageraciones que transcurrió el trecho más extenso de la eternidad. Pero sospecho que apenas pasaron unos minutos, los suficientes para que Mariana tomara su ducha matutina y borrara las huellas de mis caricias (…)  

Reviví escenas enteras de mi vida, que mi cerebro iba seleccionando y recomponiendo como si se tratara de un mazo de barajas en manos de un demente tahúr. Visité parajes que ni siquiera había imaginado. Trajiné rutas en una alta montaña donde el oxígeno escaseaba, y tuve que soportar los aguijones del viento, el acoso de la niebla y un vértigo letal. Atravesé praderas incendiadas y bosques de carbón, perseguido por una pandilla de bandoleros armados de ballestas y arcabuces. En un río verdoso, que se deslizaba entre árboles, viajé día y noche en una estrecha canoa velando el cadáver embalsamado de un obispo. Me extravié en ciudades del futuro pobladas por adolescentes rollizos e insomnes, poseídos por un furor musical que los impulsaba a tocar sin descanso tambores de piel de mono que colgaban de sus cuellos adornados con abalorios y colmillos de jaguar. En una ensenada entre montañas, cuando me disponía a recoger en el cuenco de mi mano agua para beber, vi  un cielo de piedra que se precipitaba contra mí. Tomé lecciones de violín y ajedrez, y un chamán de barbas renegridas me estaba enseñando a volar.     

En este sentido, Mariana y los comanches es una novela que muestra desde la estructura  la historia. Las técnicas narrativas -que nos hacen viajar en el tiempo en un solo párrafo para volver de repente al tono introspectivo o humorístico- nos muestran  que todo es real, verdad y mentira, la visión y la vista. Mariana y los comanches es una novela que transmite la realidad total en que opera nuestra vida: los saltos de nuestra conciencia, el subir y bajar de los periscopios con los que percibimos la realidad toda.   

El juego a que nos obliga Ednodio al llevarnos de un lado a otro de la estructura de la narración –la novela que leemos con el escritor y la vida presente de éste- se convierte en una necesidad para nosotros: deseamos estar, con la misma fuerza, en los dos mundos, el de la ficción y el de la realidad, mientras vamos tomando conciencia de que Ednodio ha logrado convertirnos en protagonistas de la historia que hay dentro de la historia y que leemos junto al escritor Edmundo Bracamonte.  

Hay en este juego una lección cervantina muy bien aprendida que, por cierto, también llega al estilo en algún pasaje que comienza a lo Don Quijote y se va convirtiendo en la literatura única de Ednodio:  

Llegando a Visún, que así se llamaba en caserío, había un bosque de alisos muy tupido, oscuro en pleno día, un sitio medroso donde, decían, se había ahorcado una mujer.   

La polifonía de voces y enfoques que hay en la escritura de Mariana y los comanches, acaba consiguiendo una evocación profunda del nosotros, de un recuerdo universal y compartido. Por ejemplo, gracias a esta novela, yo recuperé o inventé –es lo mismo- la sensación sólo sensorial de estar vivo que tiene un niño cuando gatea. Es una página extraordinaria:  

El punto de vista del observador se corresponde con el de un niño que gatea por el piso, que se desliza con pasos de reptil, que todavía no ha aprendido a caminar (…)  

Un círculo color leche y del tamaño de una moneda se interponía entre mi mano de explorador y la próxima ranura a sortear. La presencia de aquel pequeño lago me fascinó y lo estuve acechando como si se tratara  de una presa entrevista a través de la maleza por un alucinado cazador. Quizá un parpadeo me hizo creer que el círculo se desplazaba con lentitud, y temiendo que acelerara su marcha hasta quedar fuera de mi alcance me dispuse a capturarlo. Avancé las rodillas y alargué mi mano, con un movimiento veloz, hasta cubrirlo por completo. Apoyé mi mejilla contra el piso frío a fin de observar de cerca el precioso objeto que creía haber atrapado entre mi garra diminuta de mono extraviado en una selva hos­til, y bajo aquel montículo de carne tierna apenas divisé un trozo de oscuridad. ¿Qué sucede, viajero de las estre­llas, príncipe de la Vía Láctea, cosmonauta errante y contumaz? ¿Qué ha sido de tus habilidades de guerrero e infalible cazador? Un pequeño círculo, pálido como la tiza, se burla de ti. Como si hubiera rozado la superficie viscosa de una alimaña retiré mi mano con prontitud, y el porfiado círculo reapareció en el mismo lugar. Probé de nuevo, adoptando precauciones quizá exageradas, como la de mantener la vista fija en los bordes relucien­tes de aquella moneda hechizada, y la burla se repitió. Lo intenté con la otra mano y fracasé. No sé por cuánto tiempo estuve jugando al gato y el ratón. Pero en algún momento, cuando expresaba mi impotencia a viva voz, los brazos de un gigante se hundieron en el aire para res­catarme. Y más tarde, un aroma a leche fresca acompa­ñado de una melodía anestesiante me adormeció. Quisiera creer que mis sucesivos yerros no hicieron mella en mi voluntad, y que siempre mantuve la espe­ranza de atrapar aquel esquivo rayo de sol.  

De la niñez a la destrucción, de la esperanza al asesinato, Mariana y los comanches nos enseña las caras de la imaginación y de la realidad como un solo rostro cambiante, un único mundo complejo fuera del cual nos está vedado vivir. Una historia divertida y negra, que nos mantiene alerta como un despertador transparente y mágico. ¡Qué viva Ednodio Bracamonte, cazador de paracaidistas!  

Ya es hora de que puedan escucharle a él.

 

Ernesto Pérez Zúñiga

Madrid.  Casa de América, 8 de junio de 2004