Querido Quim:
Hace ya tres o cuatro días que terminé la lectura de la novela y la verdad es que me parece muy, muy buena. Excelente. Eso aunque tenía algo de razón Iris [M. Zabala] cuando me decía que la parte final le había deprimido ya que, la verdad, es muy agridulce. Quedan recuperados la tía Magda y el avión, sí, pero si bien el avión ha permitido la memoria, Magda la tiñe para siempre del significado de la tristeza de la desaparición de Escua. Y, mira por donde, ahora que veo escrito aquí el nombre de la tía, se me ocurre que bien podría ser el contrario de “la Maga” de “Rayuela”. Como la Maga, es la fantasía, pero a diferencia de la de Cortazar, es el derrumbe. ¡Ese apartamento de Buenos Aires! Y esa lluvia...
Pero el caso es que has logrado algo que a mí me parece muy difícil: una novela “colectiva”, por así decirlo. Todos los personajes importan, porque todos son Escua. Inevitablemente algunos destacan más, incluso mucho más que otros, pero todos son uno en la catástrofe de Escua, lo mismo los padres y abuelos y el médico que el del tiovivo. ¡Esas impresionantes páginas de los dos que llegan a Barcelona sin documentación, ni comida, ni cama y que, como por milagro se encuentran con el tal Ibargüengoitia! Todos importan, y la novela “va” de todos, como colectivo. La novela, por tanto, es inevitablemente muy ambiciosa, de una decidida voluntad totalizadora. Cosa difícil de manejar, de narrar. Y, así, no me extraña que te quitaran páginas, y que te hayan querido quitar más todavía ya que, incluso, te ves obligado a repeticiones que tal vez los lectores no necesitan. Es mucho mundo, muchas vidas juntas y cruzadas. Sin embargo, como creo que te anticipaba en un e-milio de hace cosa de una semana, la calidad narrativa es espléndida. No sólo por cómo todo “casa”, sino por la construcción de las frases, por el vocabulario, por las metáforas, por las mismas repeticiones.
En fin, que te felicito y que no me extrañará si la novela tiene un éxito real.
Un gran abrazo, Quim.
Carlos [Blanco Aguinaga]
Queridos amigos, lamentablemente estoy en las últimas páginas del libro de Quim Aranda. Me parece una obra muy, muy buena, apasionante, llena de imágenes poderosas en la descripción minuciosa del alma y la vida de cada uno de los personajes que integran esta bellísima "novela-retrato", así la denominaría yo, ya que hay en ella páginas que parecen cuadros, al leerlas, me venían a la cabeza obras de Van Gogh, Cezanne, Sorolla y otros, así como imágenes del cine, sobre todo los
Reconstruir eslabón a eslabón, la cadena de la vida de tres generaciones y algo más, de esta España que ha cambiado tanto en tan pocos años, es una tarea prodigiosa en la que Marcelo Rojo va echando luz página a página, en la historia de su vida y nos va iluminando a nosotros con el devenir de los más mínimos detalles de la existencia de su familia, haciéndonos partícipes de esa reconstrucción de la que yo no he podido evitar verme involucrado aunque no sea español, pero soy un emigrante de su misma generación.
Por favor, feliciten de mi parte a Quim y os felicito a vosotros por editar esta excelente obra.
Dante Areal
Estimado Quim: he leído tu libro y me ha encantado. Además, como si de un relato paralelo se tratará he ido descubriendo en sus páginas cuál es tu relación con Archidona. Personalmente, cuando apareció el apellido Rojo, mi atención se acrecentó, mi mujer se llama Isi Rojo, su padre fue durante muchos años conductor de Ranea y tienen aún su casa en la calle Almohalla. Y como tú dices, al final de la novela, "la maldita muerte se adelantó", Ricardo Rojo murió el domingo pasado, me ha quedado pendiente una larga conversación con él, en la que me hubiera hablado de algunas de las gentes y de los hechos que aparecen en tu novela... el sargento maera, si fue su padre el que atropelló al borrico blanco de Paulino, etc. Pero lo que son las coincidencias de la vida, ayer tu avión de madera me llevó, vía telefónica, a Barcelona, las primas de mi mujer, Tere y Mari, las hijas del taxista Ceferino, que llamaron para dar el pésame y que tienen en su memoria una prodigiosa instantánea de cómo era su pueblo cuando de jovencitas emigraron con su familia, me contaron que no hace mucho estuvieron con tu madre y que tu padre Manuel Aranda Rojo era primo hermano de mi suegro Ricardo Rojo Alcalá. Me hablaron de tu tía Francisca de Brasil (Magda), mi mujer también la conoció y habló con ella en Archidona; además me hicieron una perfecta genealogía de tu familia, de los abuelos maternos Antonio y María y de los paternos Teresa y Justo, todo ello a través de tu libro me resultó muy cercano. La figura de don Ricardo es muy importante en tu libro, los historiadores archidoneses tenemos una deuda con él, y recientemente he conseguido que su biblioteca particular y sus escritos y documentos sean custodiados en el IES Luis Barahona de Soto, el antiguo colegio escolapio, del que él también fue profesor. Te comentaría muchas cosas, pero si te parece voy a ir escribiéndolas para ir preparando la presentación de El avión de madera. Estoy en espera de que me confirmes la fecha y el lugar donde te gustaría realizarla. Un abrazo.
Isidoro Otero
Hola, Quim:
Mentiría si te dijera que he leído el libro: ¡me lo he bebido! Me ha encantado, de cabo a rabo. Me ha ocurrido algo muy curioso, al principio me ha emocionado mucho ir reconociendo a mi pueblo y a mi gente (muy bueno el principio, con la imagen de tu padre apagando la colilla con el zapato), esa emoción y esa alegría han dado paso a una punzada de nostalgia primero y de amargura después. Sí, porque al igual que a Marcelo me ocurre a mí con Escua/Archidona, que ahora cada vez que estoy allí me parece que no es el mismo pueblo, que se ha convertido en otra cosa, en esa Villanueva inquietante de tu novela.
Supongo que a mí -al igual que a Marcelo- el paso del tiempo me ha dinamitado los sitios y las gentes, y ahora que trato de recuperarlos después de haber renegado en cierta forma de ellos veo que Archidona ya no es Archidona, es Villanueva y las gentes -y yo mismo- somos otros. Al igual que a los personajes de la novela nos cuesta verbalizar los sentimientos después de tanto tiempo, y muchas veces se termina imponiendo el miedo, una de las tesis de "El avión..." con la que más me identifico, ese miedo heredado que llevamos en los genes por más que hayamos creído ser mejores, ser otros, ser inmunes a él.
En definitiva, me ha ocurrido ese milagro que consiste en no querer que el libro se termine, cosa que para un lletraferit bien sabes que no tiene precio. He de confesarte también que me he sentido muy identificado con Marcelo, más de lo que te puedes imaginar (aunque de eso espero que podamos charlar algún día no muy lejano con un par de buenos gin-tonic). Un abrazo y mi más sincera enhorabuena.
P.D. ¿Había un avión de madera en la habitación que compartíais tú y Manolo en tu casa o mis recuerdos me juegan una mala pasada?
Antonio Salazar