Papel Literario/3                                                                                                                      El Nacional - Sábado 15 de Octubre de 2005

Papel Literario

El Reino de Candaya

A medio camino entre la crónica y la bitácora de viaje, Alejandro Padrón narra su encuentro en Barcelona con los creadores y responsables de Candaya, sello editorial que cuenta con tres colecciones de narrativa, poesía y ensayo, entre las que pronto saldrán publicados el libro Historias de la marcha a pie, de la narradora venezolana Victoria De Stefano, así como un poemario inédito y una antología poética de José Barroeta.

Alejandro Padrón
apadron70@hotmail.com


Cervantes creó el Reino de Candaya (entre la gran Trapobana y el mar del Sur) para que Paco Robles y Olga Martínez tomaran su nombre y fundaran otro reino: el de la Editorial Candaya en Canet de Mar, pequeña población situada en la costa norte de Cataluña.

Olga, que muy bien pudiera ser Antonomasia, porque es heredera en primera línea de ese reino, no sólo ama las “seguidillas” oriundas de la región, sino además la poesía que ocupa un lugar de privilegio en sus recientes ediciones.

Y si bien en Candaya, como decía a Sancho, el escudero Trifaldin, “no se entierran las personas vivas, sino muertas” , en el Reino de Paco y Olga, la vida es lo que priva en textos y amigos que celebran la aparición de este nombre editorial que Cervantes destinó para ellos en su obra cumbre. Apenas 10 referencias en ese vasto libro fueron suficientes para llamar la atención de estos amigos que tuvieron que lidiar con el rechazo de muchos nombres sometidos a consideración de los registros mercantiles de Barcelona.

Paco y Olga son profesores de secundaria, especialistas en literatura española.

Obsesionados por la literatura y la poesía, decidieron aventurarse al mundo editorial comprometiendo todo su patrimonio compuesto fundamentalmente de goce y de placer. Concibieron su proyecto desde el afecto, no sólo por la calidad de los textos, sino también, por la calidad humana de quienes los escriben. Es una empresa en donde el rigor, la amistad y el placer andan de la mano. Se trata en todo caso, de transitar feliz por los caminos de la vida haciendo lo que más les plazca.

Un artículo de Vila—Matas sobre un viaje a Venezuela, y en especial hacia la región de los Andes, publicado en El País de España, los trajo hasta Mérida.

Fue una de sus primeras aventuras en busca de escritores con obras de calidad literaria. Ya habían leído a un escritor trujillano radicado en Mérida y profesor de la Universidad de Los Andes que les había llamado gratamente la atención. Se paseaban por las calles de la ciudad con una pinta de turistas insoslayable y al primer transeúnte que abordaron le preguntaron por Ednodio Quintero. Al rato se encontraban con el hombre de marras en un café donde se reúne parte de la intelectualidad merideña, el “T´Café” de la Avenida 3. De ese encuentro nació el primer libro de su colección de narrativa, Mariana y los comanches, novela de Ednodio Quintero. Edición impecable que ha comenzado a distribuirse con éxito en España y Venezuela.

Esta referencia bastó para que fuéramos al encuentro de Paco y Olga en Barcelona. Tomamos el tren a las 10 de la mañana en Plaza Cataluña y en pocos minutos ya bordeábamos la orilla del mar. Parecía como si el tren se desplazase sobre las aguas marinas por una especie de parque temático americano.

Un poco antes de las 11 ya estábamos en Arenys de Mar con los dos desconocidos personajes como si fuésemos viejos amigos.

Los pueblos de la costa catalana andan amuñuñados uno detrás de otro.

Por eso de pronto atravesamos una vereda y nos dijeron que habíamos pasado a los predios de Canet. Nos llevaron a la sede de la Editorial en Canet de Mar. Una pequeña y confortable oficina donde se fraguan las ediciones de narrativa y poesía que ahora engalanan su casa editora. Allí mismo contestan su correspondencia, realizan reuniones, se ponen en contacto con sus amigos escritores y hasta un pequeño resguardo nocturno resuelve una que otra estadía de algún escritor invitado. Paco andaba un tanto preocupado porque su año sabático se agotaba y debía ingeniárselas para hacer su próximo trabajo al disponer de menos tiempo en el nuevo año escolar. Sus actividades docentes son ineludibles. Olga es optimista y sonríe sabiendo que podrán resolver con éxito esa falta de horas.

Caminamos por las calles de Arenys y Canet con dos guías turistas de postín.

Mostrándonos cuanto sitio de interés aparecía frente a nosotros hasta que llegamos a una construcción modernista con muros de otras edades: la Casa—Museu Lluís Domènech i Montaner, el célebre arquitecto catalán autor del deslumbrante Palau de la Música de Barcelona. Aquí bautizamos el libro de Ednodio, dijo Paco. Luego Olga nos señalaría el espacio preciso dentro del museo donde ocurrió el acto.

Olga pasea por las calles de Canet y parece una actriz famosa del cine español por su popularidad. La saludan en cada cuadra; son sus alumnos y ex alumnos de la cátedra de literatura.

Debe de ser buena profesora. El afecto que le profesan y la alegría que descubren sus rostros, ratifica nuestra impresión.

Es la hora del aperitivo. Nos sentamos en un café cercano al mar y libamos unas cervezas heladas como lo exigía la estación del estío. Conversamos sobre literatura y poesía venezolanas, y literatura latinoamericana. Bolaño fue la referencia obligada, su reciente desaparición y la publicación de su novela póstuma 2666, estuvo siempre en nuestra conversación. Al terminar Tokio Blues de Murakami emprenderé su lectura, dijo Olga con regusto por el placer pendiente. Apareció también El testigo de Villoro y disfrutamos de la amistad personal de los amigos de Candaya con el escritor mexicano de quien nos enteramos un poco más de su vida y su estadía en Arenys de Mar.

Ratificamos lo que pudimos ver en la Bienal de Literatura “Mariano Picón Salas” de Mérida, la calidad humana de Juan Villoro y su simpatía a prueba de intrigas. Lamentamos no haber almorzado en el restaurante St. Jordi frente al café, por estar cerrado ese día. Sin embargo, pudimos entrar y observar su extraordinaria arquitectura también de Domènech i Montaner. Conocimos a Jordi, uno de sus propietarios y nos tomamos algunas fotografías leyendo un menú que nos aguaba nuestras bocas. Otro día será, dijo Paco. Y salimos rumbo a un chiringuito (como le dicen los españoles) incrustado en la propia playa de Arenys, el merendero de “Can Martínez”. La gastronomía catalana es exquisita y rica en mariscos.

Un buen vino de Rioja consultado con Olga acompañó la comida. Y la conversación de Paco y sus nuevas lecturas marcó el transcurso de nuestro almuerzo. Nos llamó la atención el último número de la colección literaria de Candaya prologado por Julio Llamazares:
Mientras cenan con nosotros los amigos, del desaparecido escritor Avelino Hernández. Cuentan con orgullo el éxito de público de esta novela. El autor, un hombre que con apenas 58 años dejó huérfano a su mundo de lectores ávido de nuevas narraciones. El bautizo del libro los ha llevado a un pueblo abandonado de Soria, donde nació Avelino y a un largo recorrido por buena parte de España pasando por librerías, ateneos y sitios públicos. Olga interrumpe para afinar detalles y relata el encuentro con su amiga quien le puso en sus manos el ejemplar del fallecido escritor en la Isla de Mallorca, y le habló de las bondades de la novela de Avelino. Ella con olfato de perro sabueso aceptó el reto y triunfó. La edición de un libro siempre es un albur, dice, pero las intuiciones y las convicciones son más poderosas que cualquier otra consideración. Por eso editarán a Victoria de Stefano nuestra gran escritora de Historias de la marcha a pie, y en poesía, un poemario inédito y una antología poética de José Barroeta, con posible prólogo de Eugenio Montejo.

Las tres novelas que han editado hasta el momento tienen un lujo de prologuistas: Enrique Vila—Matas, Juan Villoro y Julio Llamazares. Algún amigo les ha dicho que pronto tendrán que hacer la edición de un libro con lo escrito por los prologuistas, porque en verdad son ensayos literarios, únicos en su estilo. En poesía han editado joyas de la poética latinoamericana.

Entre sus títulos se cuentan cuatro importantes poetas: el paraguayo Elvio Romero con una antología intitulada “Contra la vida quieta”, y tres poetas argentino-españoles, Teresa Martín Taffarel con “Lecciones de ausencia”, Antonio Tello con “Sílabas de Arena” y “Carlos Vitale con “Unidad de lugar”.

He leído estos dos últimos y ambos títulos tienen una poesía depurada, culta y de una belleza indiscutible.

Bajo un sol inclemente caminamos hacia el puerto y pudimos observar una subasta de pescado dentro de uno de los grandes espacios portuarios. Allí se comienza pujando desde el precio más alto que se divisa en una pantalla electrónica, y cuyos valores se detienen porque los participantes accionan en silencio unos aparatos que cuelgan de sus cuellos, y de inmediato se descubre entre la algarabía de la gente, el afortunado cliente que se lleva lo más preciado de la pesca. Regresamos a las calles de Arenys por la gentileza de ambos amigos quienes terminaron de mostrarnos la ciudad en el coche de Paco.

Fuimos a parar al café de un parque con una hermosa masía de siglos pretéritos.

Fue el único lunar de la visita, pues el encargado del café debió enfrascarse en una discusión por teléfono, al parecer con su prometida, que nos produjo resequedad en nuestras gargantas al atender nuestro pedido después de unos cuántos minutos. Fue un tour intensivo. Escasamente en medio día, no sólo nos mostraron los sitios de interés de ambos pueblos, sino además, nos brindaron un recorrido por el mundo literario de nuestro tiempo.

Regresamos con ellos a Barcelona en su coche viendo otro paisaje, y cuando creíamos que nos despediríamos de España sin hablar de política, el hijo de Paco y Olga, que venía con nosotros, un joven perspicaz e inteligente, nos habló del gobierno venezolano y allí se armó la de San Quintín. Nos dimos cuenta que la propaganda internacional ha hecho su efecto pero nos dio pie para poner algunas cosas en su sitio que el joven, al menos, escuchó con interés.

Antes de regresar a Venezuela nos vimos un par de veces más con los amigos de Candaya, en Barcelona, y saldamos los picos de nuestra conversación inconclusa. Cenamos en el restaurante de la extraordinaria librería Laie y nos tomamos el café en una charcutería— café de gran tradición en la ciudad, Casa Alfonso. Allí nos despedimos y Paco con la gentileza que lo caracteriza nos ofreció llevarnos a casa. Una rara costumbre que azota a Paco desde tiempos inmemoriales nos hizo caminar cuadras enteras en busca de su auto. En un principio pensé que la desaparición de su coche se debía a una infracción cometida para beneplácito de las patrullas viales. Pero un guiño de Olga y un pequeño comentario en voz baja, me dio a entender que eso pasaba con tanta frecuencia que permitía a los invitados ultimar detalles, darse citas, escribir notas, volver por un cortado, mientras los duendes regresaban el vehículo a su sitio de origen.

María Inés y yo llegamos al piso de El Raval pasada la medianoche comentando que una aventura como la de Paco y Olga merecía vivirla a plenitud. Ellos la estaban viviendo en ese momento. Pero eso sí, con el olfato apuntando siempre hacia la buena escritura.