Algo nos estalló entre las manos
Presentación de Morir en agosto en Andorra (Teruel) el 25 de octubre de 2004
Jorge Larrosa Bondía
Para mí es muy hermoso estar hoy aquí, en la Casa de Cultura de mi pueblo, del pueblo donde me crié, del pueblo donde transcurrió mi infancia, presentando una novela de otro andorrano ausente, de este Javier Martín al que conocí hace tres días, por una serie de casualidades que sólo la literatura puede producir.
La historia comienza, tal vez, cuando Javier Martín, desde una ciudad de la república de Kazajstán, cerca de la China, decide enviar su novela recién escrita a un escritor de Barcelona que se llama Enrique Vila-Matas. El tal Vila-Matas decide enviar esa novela a sus amigos de la editorial Candaya para ver si les interesa. Candaya es una editorial que está comenzando, una editorial que pretende especializarse en literatura hispanoamericana, que pretende publicar a autores que no han entrado aún en los circuitos de las grandes editoras. A Candaya le interesa la novela, entran en contacto con Javier y se enteran de que ese escritor prácticamente desconocido que les escribe desde tan lejos nació hace casi 40 años en un pueblo del Bajo Aragón llamado Andorra. Andorra sería para ellos un punto en un mapa y, quizá, una central térmica, si no fuera porque comparten aficiones literarias con una mujer que se llama Maria Dolores Larrosa, que es mi hermana, y que también es de Andorra. Ahí se les ocurre enviarme a mí la novela, encargarme alguna reseña y alguna presentación y, lo que es más increíble, entrar en contacto con el director de la Casa de Cultura de Andorra con la intención de organizar un encuentro como éste. Y, por si fuera poco, contar con el entusiasmo de José Ángel Aznar sin cuya decidida colaboración esto no hubiera sido posible.
Esta es la historia que explica este acto, un encuentro en el que dos tipos unidos por las casualidades de la literatura y por esa otra casualidad de haber nacido en el mismo pueblo están hoy aquí para hablar a sus paisanos y con sus paisanos de un libro. Además, como el sitio en el que uno nace, o en el que uno se cría, no tiene que ver con uno, sino con los padres de uno, con el lugar en el que nuestros padres estaban haciendo su vida durante los años de nuestra infancia, no es casualidad que estén aquí los padres de Javier Martín y también los míos. Unos padres que hicieron aquí, en este pueblo, una buena parte de su vida. Y que ahora vuelven para escuchar a sus hijos hablar en la Casa de Cultura de este pueblo en el que, como dice Javier Martín en una de las primeras páginas de su novela, las calles ya no nos reconocen, como tampoco nos reconocen la mayoría de sus habitantes.
Para mí, y yo creo que para nosotros, este acto tiene algo de ofrenda. Es como si volviéramos a uno de los lugares a la vez más íntimos y más ajenos de nuestra vida... un lugar enormemente íntimo en la memoria y, a la vez, relativamente extraño en el presente... con esa intimidad y esa lejanía que tienen siempre los orígenes... para ofrecer allí, al lugar de donde salimos, al lugar de nuestra infancia, algunas de las cosas que hemos hecho, que hemos escrito, siendo ya adultos y viviendo ya fuera de aquí... algo tan insignificante, o tan importante, como algunos libros.
En lo que a mí respecta, mis relaciones con Andorra han sido muy esporádicas. Vine durante unos cuantos años, en semana santa, a tocar el tambor con mi hijo y a aprovechar esos días para compartir con él parte de mi infancia. Pero he de decir que todas esas veces he sido recibido con una hospitalidad verdaderamente increíble por los amigos de la vieja cuadrilla... por Pepe Pastor, José Monzón, Jesús Lorenz, Rafa Cubero, Salvador Guallar y algunos otros que no nombro. Así que quisiera aprovechar este momento para agradecerles a todos ellos de todo corazón esa enorme generosidad que tiene que ver, me parece, con un sentimiento de amistad en el que algún vínculo esencial y muy hermoso se conserva en el tiempo y en la distancia. Todos nosotros somos ahora gente de respeto, estamos cerca de los cincuenta años, cada uno con su vida, con sus obligaciones, con sus alegrías y con sus tristezas, pero yo les aseguro que hubo un tiempo en que fuimos niños, en que íbamos a la escuela, y en que correteábamos por estas calles y por estos campos descubriendo poco a poco los misterios de los que está hecha la vida. Y eso une. Deja huella y une.
Dicho esto, voy a comenzar a hablar de Javier Martín y de su novela. Lo primero que tengo que decir es que Morir en agosto no es una novela de infancia y tampoco es una novela andorrana ni una novela turolense ni una novela aragonesa ni nada parecido. Morir en agosto en simplemente una novela. Pero una novela que está hecha con dos tipos de materiales. Por un lado, la memoria de Javier Martín. Por otro, los libros que Javier Martín ha leído y que le han marcado como escritor. Poco a poco, a lo largo de mi intervención, iré explicándoles a ustedes algunas cosas de esa memoria y de esos libros.
Yo he hecho bastantes presentaciones de libros en mi vida. Y un truco que casi siempre funciona es agarrarse a la primera y a la última frase. Pero con esta novela no me ha funcionado. Primero porque la última frase no es gran cosa. Segundo, porque la primera frase no se sabe cuál es. Esta es una novela que empieza varias veces. Así que entre las distintas primeras frases de la novela, he escogido la que viene mejor a mis propósitos
“Tardamos quince años en volver allí, y cuando lo hicimos, algo nos estalló entre las manos”. Así empieza Morir en agosto. Con una vuelta en el espacio y también en el tiempo. Con el retorno hacia un lugar y hacia un instante en el que algo estalla. Pero ese algo que estalla es algo que ya teníamos entre las manos, algo que ya llevábamos con nosotros, algo que nos estaba esperando agazapado en alguna alameda junto a algún río, en algún lugar de la memoria. Algo que no es un recuerdo, ni siquiera un remordimiento o un sentimiento de culpa, sino que es, simplemente, la verdad. O, mejor aún, la certeza de que la verdad es imposible, de que lo único que hay en relación con la verdad es una persecución interminable e inútil, a veces desesperada y casi siempre destructiva. Morir en agosto podría ser leída, entonces, como una novela sobre la verdad. Sobre una verdad imposible, sobre una verdad inútil, sobre una verdad siempre demorada, sobre una verdad a la vez desesperada y destructiva, sobre una verdad hecha de tiempo.
“La verdad está hecha de tiempo”, dice Santos Puebla, el protagonista y a la vez uno de los autores de la novela. Morir en agosto podría ser leída, entonces, como una novela sobre el tiempo, sobre la relación constitutiva entre la verdad y el tiempo. Pero no se trata aquí del tiempo que se interpone entre lo que pasó y su recuerdo, ese tiempo que hace cada vez más borrosos los rastros de los que está hecha nuestra memoria, o del tiempo que media entre lo que pasó y el sentimiento de culpa, ese tiempo que hace cada vez más indoloras las heridas de los que está hecha nuestra (mala) conciencia, sino del tiempo que hace falta para que la verdad sea revelada. Aquí no se trata de los hechos, sino de la verdad. Del acontecimiento de la verdad. De la verdad como acontecimiento.
Hay un filósofo francés que a mí me gusta mucho, un filósofo que se llama Gilles Deleuze y que ha escrito cosas muy interesantes sobre la relación entre la literatura y la vida, que tiene una cita que a mí me parece que puede venir bien en este punto. En la cita, Deleuze habla del acontecimiento, es decir, de lo que acontece, de lo que pasa, de lo que nos pasa, y dice así: “el acontecimiento no es lo que nos ocurrió. Es en lo que nos ocurrió lo expresado mismo que nos hace seña y nos espera (...) es lo que debe ser comprendido, lo que debe ser querido, lo que debe ser representado”. Los hechos siempre están detrás, cada vez más lejos, cada vez más hundidos en el pasado, más borrosos en el recuerdo. Pero la verdad, como el acontecimiento, está siempre delante, esperando, haciendo señas. La culpa siempre está detrás, cada vez más lejos, cada vez más débil en el tiempo, más anestesiada en la conciencia. Pero la verdad, como el acontecimiento, está delante, esperando y haciendo señas, y formulando un triple imperativo: debe ser comprendida, debe ser querida, debe ser representada. Aunque eso sea imposible e inútil, desesperado y seguramente destructivo.
Ese es el tiempo del que está hecha la verdad. Un tiempo que no está hecho de huída sino de persecución, no de distracción sino de atención, no de olvido sino de acercamiento, no de cicatrización sino de carne viva, no de extrañamiento sino de apropiación, ese tiempo que no nos aleja de la verdad haciéndola cada vez más inofensiva, sino que nos aproxima a ella hasta su punto de estallido. El tiempo de una vida. O, en este caso, el tiempo de una novela. El tiempo de la escritura de una novela para Santos Puebla. El tiempo de la lectura de una novela para todos nosotros. El tiempo que hace falta para comprender, para querer y para representar la verdad. El tiempo que hace falta para que algo, quizá esa verdad imposible, estalle, y nos haga estallar.
“Escribo para saber quién soy”, le dice Santos Puebla a Enrique Vila-Matas en una carta que forma parte de la novela. “Soy lo que escribo”, le dice Enrique Vila-Matas a Javier Martín, o a Santos Puebla, en el prólogo a la novela, como un eco, como respondiendo. Morir en agosto podría ser leída, entonces, como una novela sobre la escritura, sobre la relación entre la escritura y la verdad, entre la escritura y el tiempo, entre la escritura y lo que somos. Si la verdad está hecha de tiempo, o con tiempo, su materialidad es la escritura. La verdad está hecha de palabras. Pero como la verdad es imposible, las palabras que la dicen deben decir, justamente, esa imposibilidad.
La primera parte de Morir en agosto se titula “Ellos”. Hay una serie de personas que hablan. Poco a poco nos vamos enterando de que todos ellos hablan de un tal Santos Puebla. Habla su mujer y su hija, su hermano y su hermana, algunas de las personas que le conocieron: un músico, un pintor convertido en poeta, un aventurero convertido en investigador, algún escritor aficionado, un antiguo profesor, alguna de sus amantes. Hablan siempre en pasado. Hablan siempre en forma interrogativa, expresando más sus dudas que sus certezas, más sus preguntas que sus respuestas. La estructura recuerda Los detectives salvajes, la deslumbrante novela con la que Roberto Bolaño ganó el Anagrama de novela y, después, el Rómulo Gallegos. A veces también habla el propio Santos Puebla. De sí mismo, de sus viajes, de sus encuentros, de sus escritores favoritos. A veces son esos escritores, entre ellos el mismo Roberto Bolaño, los que intervienen hablando de Santos Puebla, o con Santos Puebla. Aparece también Enrique Vila-Matas, en algunas cartas y en algunas conversaciones. Y Leopoldo María Panero, en el manicomio de Mondragón. Se habla también de Julio Cortázar. De Lezama Lima. De Raymond Carver. Y de Vinicius de Morais el poeta diplomático, el amigo y compañero de Tom Jobin, el blanco más negro de Brasil.
Poco a poco nos vamos haciendo una idea de la madera literaria de la que está hecho Santos Puebla, de cuales son sus influencias literarias, su parentela literaria que diría Gonzalo Rojas, esa parentela a la que debemos las palabras de las que estamos hechos, las palabras que nos hacen, a nosotros, animales literarios, que somos carne de palabras. Poco a poco nos vamos haciendo también una idea de cuáles son los problemas a los que Santos Puebla se enfrenta en la escritura: esa verdad que nos espera y que nos hace señas sólo a nosotros, ese tiempo que a la vez nos separa y nos acerca a la verdad, la misteriosa relación entre la escritura y lo que somos. Poco a poco nos vamos enterando de que Santos Puebla acechaba alguna verdad escribiendo una novela, o de que Santos Puebla acabó pensando que la verdad no existe y de que nunca escribió una novela. Poco a poco nos vamos enterando de que hay un episodio oscuro en el pasado de Santos Puebla y de que Santos Puebla ha pasado su vida huyendo de ese hecho y a la vez buscándolo, persiguiéndolo, acechándolo.
Poco a poco nos vamos enterando de que todos los “ellos”, incluido Santos Puebla, le hablan a un tal Julián. Y ese Julián, un tal Julián Ríos, es el narrador de la segunda parte de la novela, la que se titula precisamente “Julián Ríos”, y que empieza así: “Tardé mucho tiempo en averiguar por qué Santos Puebla y su hermano pasaron años sin hablarse”. Otra vez la verdad, la verdad hecha de tiempo. Otra vez la verdad y la escritura, la verdad como imperativo de escritura y la escritura como persecución de la verdad, otra vez el tiempo de la escritura. Julián Ríos recoge los hilos que habían empezado a destacarse en la primera parte y con ellos, y con lo que él mismo sabe, o no sabe, de Santos Puebla, con lo que podríamos llamar el enigma de Santos Puebla, construye otro relato.
A mí me gusta mucho esa segunda parte. Me gusta mucho el personaje de Julián Ríos. Me gusta el manicomio de Sant Boi en el que vive y en el que conoce a Santos Puebla. Me gusta que no sepamos si es un médico o un paciente. Me gusta que no sepamos si Julián Ríos es el autor o el narrador o el personaje del texto que lleva su nombre. Me gusta que no sepamos si es él el que inventa a Santos Puebla o si es Santos Puebla el que le inventa a él. Me gusta su manera de escuchar, su manera de pensar, su manera de amar, su manera de escribir. Además, en su texto aparece otra figura, la del rey de una misteriosa isla del Caribe llamada Redonda, una figura de la que no voy a contarles nada, pero con la que Morir en agosto da otra de sus vueltas tan paradójicas como enloquecidas en la relación entre la verdad y la fábula, entre la fábula y la ficción, entre lo que se escribe y quién lo escribe, entre lo que se dice y lo que se calla, entre las diversas capas de la novela.
Hubo veces leyendo la novela en los que tuve la sensación de que me podría volver loco... e incluso pensé en averiguar si hay algún manicomio en la antigua capital de Kazajstán, tal vez un manicomio gestionado por psiquiatras sin fronteras de alguna ONG fundada por chicos de buena voluntad que hicieron las prácticas en el manicomio de Sant Boi, o en el manicomio de Mondragón... algún manicomio en el que tal vez un loco que se cree cónsul, o un cónsul disfrazado de psiquiatra, o un cónsul enloquecido que se imagina que es el rey de una isla caribeña, me pueda ayudar a desenredar la madeja.
No voy a seguir con los innumerables bucles que enloquecen al lector de Morir en agosto. Si no fuera porque sé que no lo sabe, o porque sé que va a mentir, lo que haría en este momento sería agarrar a Javier Martín por el cuello y obligarle a confesar quién coño escribió la novela, quién es el autor de qué y quién es el personaje de quién, quién miente y quién dice la verdad. Pero sospecho que todas esas vueltas y revueltas tienen algo que ver también con la naturaleza de esa verdad hecha de tiempo y hecha de palabras y hecha de múltiples capas y de múltiples perspectivas que está esperando en algún sitio, haciendo señas, presta para estallar.
El secreto del que aquí se trata está anunciado casi desde el principio. En algún momento de la lectura hemos empezado a saber los hechos. Pero aquí no se trata de los hechos, sino de la verdad. Y para que esa verdad hecha de tiempo nos estalle entre las manos hace falta el tiempo de una novela, el tiempo de la lectura de una novela. Hace falta pagar el tributo del texto. La tercera parte de Morir en agosto se titula “La verdad” y está contada con la voz de Santos Puebla. La primera frase anuncia la revelación: “Ahora que el tiempo de la vida se me acaba y el final se aproxima, siento que estoy más cerca del origen, lo que equivale a decir que la verdad puede hacerse posible o convertirse en palabra”. Pero esa verdad vuelve a posponerse una vez más. Santos Puebla ya le ha pagado el tributo de su vida.
Desde luego, no voy a contarles la verdad. Ustedes también deben pagar el tributo del texto. Si la verdad no es un hecho, si la verdad está hecha de tiempo, y de palabras, ustedes deben pagar el tiempo de una novela, las palabras de una novela, la lectura de una novela. Los hechos, en la literatura, son siempre lo de menos. Siempre se trata de esos hechos banales y comunes que ya sabemos: alguien muere, alguien mata, alguien nace, alguien sufre, alguien se enamora, alguien fracasa, alguien se engaña o se desengaña, alguien abandona o es abandonado, alguien consigue lo que quiere o no lo consigue, alguien huye de algo o va hacia algo... A fin de cuentas, como decía Bolaño, en la literatura todo es folletín.
Pero sí que les diré que la verdad que espera y que hace señas en Morir en agosto tiene que ver con algo tan común y corriente y, a la vez, tan terrible y tan misterioso, como con la inocencia y con la pérdida de la inocencia. Morir en agosto es una novela sobre la pérdida de la inocencia. O, mejor, sobre la relación entre la literatura y la pérdida de la inocencia. O la pérdida del paraíso. O la pérdida de la infancia. Todo eso que hace señas desde un verano, desde un pueblo, desde una alameda junto a un río, desde ese tiempo y desde ese lugar en los que estábamos estrenando el mundo y en los que estábamos estrenándonos a nosotros mismos. Allí donde un día fuimos felices. Allí donde nos sentíamos amados. Allí donde apareció el deseo y, a la vez, la certeza de que lo que deseamos nunca será nuestro. Allí donde aprendimos la envidia y los celos. Allí donde aprendimos a mentir y a mentirnos. Allí donde la vida nos empezó a doler y donde aprendimos también que podíamos provocar el dolor, que podíamos hacer daño. Allí donde aprendimos las astucias y las trampas de la posesión. Allí donde aprendimos que todo lo que deseamos está vivo precisamente porque está fuera de nuestro alcance y, por tanto, donde aprendimos también, ya para siempre, que sólo lo podemos hacer nuestro al precio de destruirlo.
Morir en agosto tiene que ver con ese verano, y ese pueblo, y esa alameda y ese río que nos espera y que nos hace señas... a nosotros, lectores empedernidos, animales literarios... a nosotros que también tenemos un verano, ¿quién no tuvo los veranos de la infancia?, que también tuvimos un pueblo, ¿quién no tuvo un pueblo en su infancia?, que también tuvimos un río y una alameda adonde no podemos volver sin que algo, quizá la verdad, nos estalle entre las manos.
Decía al principio que Morir en agosto está hecha de la memoria de Javier Martín y de los libros de Javier Martín. Ya os he hablado de algunos de esos libros. Libros y escritores que tal vez no conozcáis, pero que a lo mejor están en algunos de los estantes de esta biblioteca, como van a estar, a partir de hoy, los libros de Javier Martín y los libros de Jorge Larrosa. También os he hablado de algunos de los elementos de esa memoria: de los veranos de la infancia en un pueblo en el que había un río y una alameda. El pueblo podría ser cualquier pueblo de por aquí, también Andorra. El río podría ser cualquier río de los de por aquí aunque, según me confesó Javier, el río de la novela tiene algo del río Martín a su paso por Sanper de Calanda. También sale la Estanca de Alcañiz, el economato de la empresa, de la antigua Calvo Sotelo, alguna cueva de estos alrededores, pero sobre todo, eso tan difícil de captar y de describir que es la atmósfera de la infancia... cómo pasaba el tiempo cuando éramos niños (a veces tan lentamente, a veces tan deprisa)... cómo vivíamos el espacio (casi siempre en bicicleta)... cómo percibíamos a los forasteros o a los veraneantes... qué era lo que nos fascinaba cuando éramos unos críos y cómo era la textura emocional de esa fascinación... cómo empezamos a leer y qué es lo que sentíamos en esas primeras lecturas... Esa atmósfera de infancia que aparece maravillosamente escrita en Morir en agosto es, para mí, Andorra.
Pero, además, Morir en agosto está llena de reflexiones sobre el marcharse y sobre el regresar, sobre la extraña relación sentimental que se mantiene con el lugar y con el tiempo del origen. Hay como una atmósfera de desarraigo que flota por toda la novela. Y esa atmósfera de desarraigo, esa sensación que conocemos muy bien los que nos criamos en estos pueblos y, en algún momento, nos fuimos, a lo mejor también podría tener que ver con Andorra.
Jorge Larrosa.
Andorra, octubre de 2004.