Las salvajes muchachas del Partido

(fragmento)

Lázaro Covadlo


 

 

La noche anterior a la partida

El viernes 22 de agosto de 1919, al anochecer, mi abuelo Baruj embarcó en el puerto de Buenos Aires con destino a Hamburgo. La noche anterior, al filo de la madrugada, había visitado a su esposa y había contemplado largo rato a sus dos hijos –que dormían en la misma cama–, sin que llegaran a despertarse. Ni siquiera se despertaron en el momento en que los besó con delicadeza. Se llamaban Isaac, el mayor, nacido a finales de 1913, y Juan, mi padre (bendita sea su memoria), nacido en mayo de 1915. Mi abuelo Baruj no los había visto más de cinco veces: cuatro a Isaac y una a mi padre, cuando éste era un bebé de pecho. Me lo contó mi abuela una tarde en que la visité, allá por 1959, y de paso me obligó a comer dos buenos trozos de un bizcocho que ella solía preparar, acompañándolo de una taza grande de chocolate con leche, como cuando yo era niño. El bizcocho era conocido como leikaj, pieza típica de la repostería judía de Europa oriental, elaborado con harina y miel. A la sazón yo tenía 22 años y detestaba la leche.

A mi abuelo Baruj, aquella madrugada de agosto, no le dio leche –la poca que tenía en la casa la reservaba para los niños–, pero le sirvió un vaso de té muy caliente –directamente del samovar, que había sido parte de la dote matrimonial– en cuyo interior había puesto un trozo pequeño de limón. Con el primer sorbo Baruj experimentó un leve acceso de bienestar: era pleno invierno y hacía mucho frío en aquella húmeda habitación de inquilinato. Sólo después del segundo sorbo se quitó el raído abrigo que había adquirido un día antes en un compraventa de la calle Libertad, en el barrio de Once. Entonces asomó por debajo de la americana la pistola Schwarzlose modelo 1908 que años atrás había llegado a su poder al canjearla por un par de zapatos a medida que había confeccionado para Luigi Rosetto, un mafioso de la ciudad de Rosario que adolecía de pie equino varo.

Cuando mi abuela descubrió que su marido llevaba pistola giró la cara hacia la pared y cerró los ojos. Baruj no lo advirtió porque tenía puesta toda su atención en el acto de beber el té. Al acabar el vaso lo depositó sobre una estantería hecha con cajones de fruta, forrada con hojas de periódicos, en la que la mujer acomodaba su ropa y la de los niños. Acto seguido intentó abrazar a la madre de sus hijos. Ella lo rechazó extendiendo los brazos con las palmas de las manos hacia fuera. Mi abuelo compuso una expresión de sorpresa y sentimiento de ofensa.

–¿Qué te pasa, Berta? ¿No quieres que te abrace?

–No con ese arma que llevas allí. No quiero que ningún arma toque mi cuerpo.

–Está bien, está bien. Me la quito. ¿Dónde quieres que la deje?

–En cualquier lugar en que no pueda verla. No deberías haber venido aquí con esa basura.

Hablaban en yiddisch. Ambos dominaban el polaco y el ruso y podían explicarse en un castellano defectuoso; Baruj, además, se expresaba muy bien en alemán; Berta había aprendido francés en un barrio de París, pero entre ellos siempre hablaban yiddisch, el idioma materno. Mi abuelo buscó con la vista algún lugar donde esconder la pistola, pensó meterla en el pequeño cajón de la Singer a pedal (¿de dónde habría sacado Berta esa máquina de coser?). Finalmente decidió dejarla detrás del baúl que los padres de Berta habían traído de Europa doce años atrás. Lo apartó de la pared y depositó el arma en el suelo, entre el cofre y el zócalo. Volvió a encarar a su mujer.

–No puedo creer que me trates tan mal, después de todo el tiempo que hemos estado sin vernos.

–Sí, mucho tiempo. Ya son más de tres años –corroboró mi abuela.

Así es cómo imagino la escena y el tenso diálogo que pudo haber habido entre ellos. Cuando mi abuela me habló de esa noche, como es obvio, no rescató todos los detalles. Yo la escuchaba con interés y procuraba que se olvidara del chocolate con leche que me resistía a beber. A la sazón ella tenía sesenta y dos años y tal vez aparentaba unos quince más. Se había convertido en una anciana obesa y de rostro bonachón; me costaba figurármela joven y sexualmente apetecible.

–¿Tres años ya? Yo lo he sentido como si fueran treinta. Hemos estado mucho tiempo separados, Berta, mucho tiempo –dijo Baruj con tono lastimero.

–No ha sido por culpa mía.

–Lo sé, mi amor, lo sé. Pero tampoco es mi culpa.

–De modo que no es tu culpa, ¿y de quién es la culpa, entonces? –Berta había elevado la voz. Los ojos parecían habérsele agrandado, como en las películas mudas. Así es como me la imagino, insisto.

–Habla bajo, mi vida; los niños pueden despertarse.

–Estos niños no se despiertan, están siempre muy cansados.

Baruj no preguntó por qué estaban siempre cansados. En realidad no temía que los niños se despertaran, pero sí que se despertaran los vecinos. Temía que el ruido de voces atrajera la atención del vecindario. Temía que alguien pudiera avisar a la policía. Las circunstancias de su vida habían dado a mi abuelo el aspecto de un forajido. Al menos así lo creía mi abuela. Durante mucho tiempo el hombre había supuesto que tenía tipo de intelectual, cosa que tal vez atribuía a la desordenada acumulación de sus lecturas. Como es sabido, la mayor parte de la gente tiene de sí misma una imagen diferente de la que le confieren los demás.

–¿Tú no sabes por qué no puedo venir aquí? ¿Acaso no sabes que me buscan? –dijo mi abuelo.

–¿Te buscan? ¿Quién te busca? ¿Tal vez te busca la policía? ¿Qué haces tú para que te busque la policía?

–¿Yo?, ¿qué hago yo? Yo trato de cambiar el mundo, Berta. ¿Te parece poca cosa?

Berta cerró los ojos y se mordió el labio inferior.

–¡Estúpido!, ¡eres un estúpido y un loco! ¡Dices estupideces, hablas como un niño tonto! ¡Estás hecho un shmok!

Shmok. Muchas veces he oído el insulto. En ocasiones fue dirigido a mi persona, pero yo también lo empleé contra otros. La palabra es un vulgarismo yiddisch con diversos significados, por ejemplo “pene”. También “pelotudo”, “gilipollas”.

Mi abuelo nunca antes había escuchado semejante expresión en boca de su esposa. Se llevó las manos a la cara de modo algo teatral. Reitero que eran los años del cine mudo.

–Eres injusta, Berta. No merezco que me trates así.

–¡Yo soy la que no merezco que me trates así! ¿Ves la máquina de coser? ¿No te importa saber de dónde saqué la máquina de coser? ¿Te crees que podría comprar una Singer como ésta? No es mía, Baruj. Es del patrón, es de Samuel Zuker, que no quiere cambiar el mundo; él sólo quiere hacerse rico. La trajo a esta casa para que le cosa esas fajas de mujer que ves ahí –Berta lo obligó a volver la vista hacia un rincón de la habitación en el que se apilaban las fajas–. Él me las manda cortadas y yo las coso, hago cada día cuarenta o cincuenta. Todos los días; también en sábado. Sí, ya sé que para ti el sábado es un día como cualquier otro. Ya sé, ya sé. Tú no crees en Dios. Quizá tienes razón, si hubiera Dios no me habría mandado un marido como tú, que viene a verme para dejarme preñada y después desaparece por años, pero yo tengo que alimentar a tus hijos y trabajo de la mañana a la noche para Samuel Zuker, que tal vez tampoco cree en Dios, pero me paga veinte centavos por faja y prometió que la Singer quedará de mi propiedad cuando le haya cosido diez mil fajas. ¡Diez mil fajas, Baruj! ¿Tienes idea de lo que es coser diez mil fajas? No, tú no sabes de esas cosas, a ti sólo te interesa cambiar el mundo. ¡Ay, Dios mío! ¡Cambiar el mundo, dice! ¡Qué hombre tan estúpido! –Berta movió la cabeza, suspiró con fuerza, y al fin se aflojó. Baruj guardó silencio por un rato, después se acercó a su mujer para abrazarla. Ella lo dejó hacer.

–Ya ves, mi vida –susurró Baruj–, es el maldito sistema de explotación del hombre por el hombre. Por eso yo quiero cambiar las cosas, por eso me persigue la policía y tengo que andar escondiéndome y no podemos vernos. Pero muy pronto todo esto va a cambiar para siempre. Ya está cambiando. En Rusia están cambiando el mundo–. Tuvo la impresión de que su mujer estaba más carnosa que la última vez. De hecho, nunca había sido delgada, pero a esa altura de su vida se encontraba algo más rellena.

Shmok, eres un pobre shmok –musitó Berta.

Él empezó a desabrocharle el jersey de gruesa lana. Sí, Berta había engordado. Mejor así, pensó Baruj.

–Berta, mi nena.

Ella lo apartó con fuerza.

–¿Qué haces? ¿Te has vuelto loco?

–¿Soy o no soy tu marido? ¿No quieres que volvamos a hacer el amor, como cuando recién nos casamos?

–¡No, no quiero! No quiero que me hagas otro hijo y vuelvas a desaparecer. No podría mantenerlo. Apenas puedo con estos dos.

–Oye, Berta, te necesito. Me voy de viaje y no sé cuándo podré estar de vuelta. Quiero llevarme el mejor recuerdo.

–Claro, te vas otra vez. Pues vete. ¡Vete y no vuelvas nunca más!… ¿Adónde vas ahora?

–A Rusia, mi vida. Voy a ayudar a la Revolución.

–¿A Rusia?, ¿vas a Rusia? ¿Y por qué no te quedaste en ese maldito país? Va a ayudar a la Revolución, dice. ¿Tú crees que los revolucionarios están esperando que llegues tú? ¡Shmok! Sí, Baruj, vete a tu revolución, ese es tu lugar. Yo sacaré adelante a nuestros hijos. Vete, Baruj. Vete.

–Pero Berta, mi amor…

–Que te vayas, Baruj. Si te busca la policía no quiero que te encuentren aquí. Ve a hacerte matar en cualquier otro lado.

Cuando Baruj salió de la habitación Berta trancó la puerta. Le hubiera gustado poder llorar, pero no le salían las lágrimas. En realidad estaba tentada por la risa. Dios mío, qué hombre tan estúpido, se dijo. Sin embargo, durante mucho tiempo lo había admirado por su inteligencia. En fin, trataría de no pensar más en él, por otro lado, presentía que no volvería a verlo jamás. Se sirvió un vaso de té y trató de recordar qué sentía por su marido cuando aún lo amaba. No lo consiguió.

Antes de acostarse acomodó las mantas de los niños. Como tantas otras veces concentró la mirada en el rostro de Juan, mi padre. El parecido con Baruj era notable. Berta suspiró y movió la cabeza. Hay una línea fisonómica en mi ascendencia y descendencia que puedo rastrear hasta mi abuelo Baruj, a quien tanto se pareció mi padre, y también yo. Y en parte también mis hijos.

¿Le preocupaba a mi abuela el parecido del hijo con el padre? ¿Temía que también él desarrollara un temperamento inestable? Puede que ese pensamiento la consternara aquella noche, pero no más que el darse cuenta de que Baruj se había ido sin llevarse la pistola. Y ahora, ¿qué haría ella con esa porquería?, se preguntó.