Novela

Lecciones de abismo

J. A. MASOLIVER RODENAS

 

 

Ednodio Quintero

"Mariana y los comanches"

Prólogo de Juan Villoro

Editorial Candaya

230 páginas

14 euros

 

De la ignorancia sobre la literatura venezolana no es sólo responsable nuestro endémico centrohispanismo sino una literatura, la venezolana, que nunca llegó a integrarse del todo con la del resto de América Latina. La ausencia de un modernismo radical en poesía, más tarde de la vanguardia y de las innovaciones de la narrativa del boom son prueba del aislamiento. Sólo en los 50 se inicia una integración a través de escritores que se abren al experimentalismo y que integran la textualidad al mundo ficticio: escribir y leer forman parte, en tanto que interpretación, de la dinámica de la novela. Ednodio Quintero (Trujillo, Venezuela, 1947) es uno de los más notables herederos de una concepción de la novela que cuenta con los antecedentes del maestro Guillermo Meneses, de Oswaldo Trejo o de José Balza. Autor de libros de relatos y novelas, sus dos libros de ensayos podrían ser el punto de partida para explicar la singular madurez que representa Mariana y los comanches. Madurez alcanzada a través de la asimilación de la tradición de la textualidad como parte de la ficción, de la interpretación de la ficción e incluso como nueva propuesta moral, en cuanto se nos muestra, a través de la ambigüedad y las contradicciones, cómo lo que interesa no es tanto la hipotética verdad (es decir, el dogma) como la búsqueda de esta verdad imposible y la revelación de las hipótesis.

 Unos presupuestos que en Mariana y los comanches se plantean como una aventura perfectamente integrada a la aventura de la invención, hasta el punto que el texto acaba por ser parte de la tensión narrativa y la tensión narrativa roza peligrosamente el discurso textual. Es una novela concebida como un riesgo y con un discurso aligerado por el distanciamiento, la parodia, el humor, las desconcertantes intromisiones de lo poético y las no menos desconcertantes intromisiones del absurdo. Lo más interesante es, así, la divertida y desoladora complicidad y rivalidad entre la ficción y el texto, de modo que cada afirmación acaba por convertirse en una duda, hasta el punto de que la duda y el desconcierto acaban por dominarlo todo.

 Y, ¿de dónde surge este desconcierto y esta corrosividad constantes? Es en este punto que me conviene acudir al prólogo de Juan Villoro, por lo que tiene de iluminador. Villoro ha escrito aquí uno de sus textos más hermosos y exactos. Y es así porque así lo exige la lectura de Mariana y los comanches, novela también apoyada por Enrique Vila-Matas. Villoro habla, a propósito de Quintero, de "lecciones de abismo", que son, cabalmente, los abismos de Vila-Matas, y añade algo que es para mí la clave de la lectura y de la originalidad de esta novela: "Pocos narradores han explorado en forma tan aguda las posibilidades de la inteligencia como síntomas de enfermedad". Los personajes de Mariana y los comanches están todos enfermos: marcados por la infancia, por lo que recuerdan y lo que no recuerdan. El escritor Edmundo Bracamonte está esclavizado por la imaginación y el deseo, enamorado de alguien que puede ser su hermana y que puede no estar enamorado de él, atraído por su amigo el pintor Martín, al que al mismo tiempo rechaza; esclavizado sobre todo por el manuscrito de una novela que escribió hace años y en la que encuentra claves que quiere y no quiere encontrar. Una novela que revela y se le rebela. Mariana completa este ménage á trois que nunca llegó a serlo. Es difícil saber dónde empieza la ficción y dónde la realidad. Quintero hace de la invención y la escritura una necesidad, no importa si alimentada por el vértigo de la memoria o por las novelas de Patricia Highsmith o por los culebrones. Nos ha enseñado todas las cartas de la baraja, todo el entramado de una novela, y hemos sucumbido a su encanto, pese a que el propio Quintero (el escritor del escritor) opina de Bracamonte "y les pido que disculpen mi intromisión, que el error primero y principal que cometió fue el de acercarse demasiado. No supo, o no quiso, tomar distancia". La que él ha sabido tomar como narrador para que nosotros no podamos, por suerte, tomarla como lectores. Hemos sucumbido al encanto de la inteligencia.

J.A. Masoliver Ródenas

Culturas La Vanguardia, miércoles 14 de julio de 2004