Nocilla Dream, de Agustín Fernández Mallo (Ed. Candaya, 2006)

Publicado el 7/01/07 por Javier Moreno

Deriva.org (http://www.deriva.org/articulos/articulos.php?ID=298&PHPSESSID=d421cdabb6204df5e30276bbf40d1480)


 

He aquí la primera novela de una trilogía (cuyas dos siguientes entregas aguardamos con verdadera impaciencia) denominada por el autor "Proyecto Nocilla". Esta primera entrega de la saga admite por curioso título Nocilla Dream, deudor de la famosa canción de Siniestro Total, "Nocilla, qué merendilla". Fernández Mallo había sorprendido ya por su intrepidez -y por otras cosas- en su libro de poesía Joan Fontaine Odisea; y desde luego la obra narrativa que nos ocupa no desmerece para nada su logrado libro anterior. Tras el prólogo -inteligente y proporcionado- de Juan Bonilla, nos encontramos de lleno con la escritura de Fernández Mallo o, mejor dicho, con una de las numerosas citas incorporadas al texto por el autor -asunto que Mallo parece haber convertido en un distintivo de su estilo- y que, junto al tono falsamente ficcional de la obra, difuminan la distinción entre aquello que es tomado de la realidad y aquello que pertenece estrictamente a la ficción. La misma noticia que está en la raíz del texto, tomada del New York Times (la aparición en el desierto de Nevada de un árbol del que colgaban cientos de zapatos de seres anónimos), habla de la dificultad de cerner lo real de lo ficticio en Nocilla Dream.

Diversas historias se suceden a lo largo del libro (aunque más que de sucesión habría que hablar de un auténtico zapping narrativo, como si pudiésemos asistir a la vida de los diversos personajes con sólo apretar un botón, cómodamente instalados en el sofá), historias protagonizadas por personajes cuya principal característica reside en una existencia extravagante, consagrada a tareas tan poco usuales como concebir un monumento a Jorge Luis Borges a partir de cubos de chatarra, o remedar la aventura de Colón, a pie, y en sentido inverso. Otra peculiaridad de Nocilla Dream, que la distingue de gran parte de la literatura pergeñada en nuestro país, es que las historias ocurren en lugares muy distintos del planeta: Estados Unidos, Pekín, Albacete o Dinamarca. Se trata de una novela "globalizada" de alguna manera, donde la componente temporal-narrativa aparece prácticamente gibarizada (el desarrollo de los personajes apenas es relevante) y donde lo que prima es el espacio. Ya no un cronotopo, entonces, sino un topos emparentado con el rizoma deleuziano (una estructura no jerarquizada, donde cualquier parte puede estar conectada con cualquier otra), con uno de esos maravillosos atractores extraños o fractales de los que también se nos habla en la novela o -para concretar más- con ese árbol omnipresente y que de alguna manera -seguramente inconsciente- retoma el ancestral símbolo del árbol como imagen del universo, un universo en este caso postmoderno y deconstruido del que no penden ahora frutos de conocimiento (o sí, pensemos en las citas de Mallo como esos frutos recolectados al azar de sus devaneos -o, más bien, relaciones formales- con la ciencia) sino pares de zapatos que alguien dispuso sobre las ramas por cualquier motivo que no tuviese que ver con la lógica.

De alguna manera lo que Fernández Mallo nos propone en esta obra es un artefacto alejado de la poética aristotélica. Lo que Mallo nos ofrece no es un producto semejante a un ser vivo, o al menos no a un ser vivo tal y como solemos entenderlo (la analogía más aproximada quizás remitiría a las redes neuronales que integran el cerebro) sino, como afirma acertadamente Juan Bonilla en su prólogo, que la obra compone ella misma un rizoma. Podemos ver cada una de las páginas como las hojas del árbol que ya citamos anteriormente o, mejor, como los zapatos pendientes de sus ramas, atrayendo cada una de ellas al resto a través de un fascinante efecto mimético que desencadena finalmente la escritura de esta novela -o como queramos llamarla- que es Nocilla Dream. Un verdadero atractor extraño. Una catástrofe de segunda especie. Una aparición -una lectura- que puede dejarnos estupefactos pero que revela la potencia poética que a veces reside en lo anómalo, eso que algunos prefieren seguir llamando absurdo.