No tienen prisa las palabras

Carlos Skliar (Candaya, 2012)

Selección


Escribo porque no comprendo. Para repetir una y otra vez esa encrucijada de palabras con la que no logro descifrar el tiempo. Escribo para recordar sonidos que de otro modo se perderían en el lodo vertical de la memoria. Para invocar y provocar gestos de amor de los que no soy capaz si no escribiera. Escribo porque al despertarme quisiera agradecer los ojos abiertos. Para mirar de pie lo que está demasiado lejos. Para escuchar qué es lo que ha quedado en la punta de la lengua. Escribo para renunciar al abandono y para tocar con las manos sigilosas la espalda tibia de alguien que aún no ha muerto. Escribo. Y aún no soy capaz de decir nada. (Página 14).
 

Erri de Luca no sabe que le leo. Y me da algo de tristeza que no sepa cuánto me ha valido la pena leer estas palabras suyas “Dejar dicho más que dejar escrito incita la memoria de los demás a custodiar. Lo sabía quien esparció al viento y a los hombres las raras palabras, quien pensó que en eso consistía el fecundar y que los oídos eran flores para las abejas”3. Me digo que no importa que no lo sepa. Me digo que ahora yo sé algo que él no sabrá. Y vuelvo a entristecerme. Leer es una soledad que no se devuelve. (Página 56).
 

El mezquino orgullo de aquellos que han nacido en un sitio donde uno sólo está de paso. (Página 67).
 

La casa sola durante horas. La sensación de interrumpir algo importante al abrir la puerta. (Página 81).
 

El “no humillarás” debería ascender a la categoría de undécimo mandamiento. (Página 88).
 

De viajes y de lecturas, que es casi lo mismo. Viajar es sentir, sí; sentirlo todo excesivamente (Pessoa); viajar para no llegar posiblemente nunca (Magris); viajar con la amabilidad de quien atraviesa dos o tres veces un territorio que es pisado y también es huella (Handke); viajar como pasear: la caminata distraídamente atenta de poeta (Walser); viajar como una ruta trágica y obligada que no nos hemos trazado (Tsvietáieva); viajar sin atrapar al mundo en la telaraña de grados de longitud y latitud (Nooteboom); viajar en línea recta y tener al sol y a la luna de uno y otro lado (Herzog); viajar y no saber donde dejar exactamente las garras (Szymborska); viajar sin otra compañía que las propias sombras (Nietzsche); viajar para abandonar la ciudad y precipitarse hacia el puerto deseado (Ajmátova). En fin: viajar como mirar al cielo donde un sueño espera ser soñado (Maillard). (Página 119).
 

No tienen prisa las palabras en decir. La urgencia tiene voz atragantada. La prisa alborota los sonidos y se acaba por decir todo lo contrario. La rapidez siempre es extranjera. El barullo es un jeroglífico que no descifraremos nunca. Escribir, entonces, mirándote a los ojos. Deseando tu dictado. (Página 157).