Órbita

(fragmento)

Miguel Serrano


 

    

Para B.

 

Tras la ventana está lo peor.

Franz Kafka, Diarios

 

 

En junio de 1991 Samuel Soriano terminó la Educación General Básica, el octavo curso, lo que entonces todavía se conocía como “el colegio”. Acababa de cumplir catorce años. Sus padres discutieron con él diversas posibilidades para su futuro inmediato, posibilidades que incluían el acceso directo a la universidad, desde luego, pero también escuelas privadas en Estados Unidos o en Holanda, un centro de investigación en Barcelona, colegios especiales para niños superdotados. Durante tres semanas, durante cada una de las noches de las tres semanas siguientes a la conclusión de la E.G.B., Samuel no fue capaz de dormir, o sí, pero cuando dormía sus sueños se poblaban de sensaciones líquidas y Samuel se despertaba en mitad de la noche mareado y atónito, como si acabara de sobrevivir a un naufragio. Pensaba: no quiero ser diferente. Pensaba: no quiero madurar, no quiero crecer, no quiero que mi situación se modifique. Pensaba: no quiero dejar el colegio. Pensaba: ojalá fuera un mal estudiante y hubiera repetido este curso, para no tener que decidir, para no tener que decidir ahora. Pensaba: me gustaría ir a un instituto público con el resto de los chicos y chicas de mi edad, y que no hubiera ninguna otra posibilidad. Pensaba: no quiero morirme nunca, no quiero que nadie muera nunca, no quiero saber qué cosa es la muerte. Pensaba: todavía no he hecho en mi vida nada que merezca la pena.

     Sus padres hablaron con él una mañana, la misma mañana en que los tres salían de viaje hacia Tarragona a pasar una semana de vacaciones. Le comunicaron que habían decidido que tenía que ser él mismo quien eligiera su futuro, o su destino, que él era el único que podía enfrentarse a esa decisión, o soportar esa decisión, pero que no iba a estar solo para tomarla, porque lo asesorarían, o aconsejarían, además de sus padres, una cierta cantidad de profesores, una cierta cantidad de psicólogos, una cierta cantidad de pedagogos. Durante esos siete días de vacaciones en Tarragona, pero también las tres semanas siguientes de vuelta a Zaragoza, Samuel, que acababa de cumplir catorce años, leyó a Bakunin, pero también leyó a Platón, y leyó a Marx, y leyó a Bertrand Russell y a Piaget, y leyó, con entusiasmo e incredulidad, las experiencias utópicas de educación libre de A. S. Neill, y además escuchó con atención los dictámenes y los consejos, titubeantes o contradictorios, de al menos una docena de “doctores” que lo examinaban y entrevistaban siempre con una delicadeza distante que podía interpretarse como sorpresa o como interés, pero también como prudencia o incluso como desconfianza.

     Un día de finales de julio, por casualidad, o por lo que él entonces entendió como una casualidad, cayó en manos de Samuel Soriano un artículo de un tal Bernardo R. que llevaba por título “Comunicación y cables”. El artículo, que aparecía en el suplemento dominical de un periódico madrileño, llenaba diez páginas con fotografías en color y letra apretada, pero sin titulares ni párrafos subrayados. Una fotografía, la primera fotografía del artículo, mostraba una cabina telefónica con un chimpancé en su interior, un chimpancé ensimismado que observaba el teléfono con expresión de incertidumbre, como si dudara sobre si valía la pena o no hacer cierta llamada telefónica internacional. En otra fotografía, una de las últimas (había siete u ocho en total) se distinguía apenas la silueta oscura y encorvada de un anciano, que sin embargo podía ser también la silueta de un niño subido a una silla, o incluso la de otro chimpancé (¿el mismo de la cabina?) camuflado bajo una máscara de apariencia humana. Al principio, durante unos segundos, antes incluso de comenzar a leerlo, antes de empezar a comprenderlo, Samuel creyó que ese artículo era un artículo divulgativo, que mostraba y explicaba hasta el más mínimo detalle la función de los satélites, o el modo en que se diseñaban y construían los satélites, o la localización de todos y cada uno de los satélites que pululan por las infinitas órbitas de nuestro planeta. Después, sin embargo, descubrió, o razonó, que no podía ser eso, creyó que tenía que ser, sin ninguna duda, otra cosa, tal vez un breve ensayo sobre los medios de comunicación y el poder de los medios de comunicación y las negligencias de los medios de comunicación y las miserias de los medios de comunicación, y después (pero todo fue en un momento, no pasó más de un minuto), después intuyó, o supo, que en realidad el artículo, ese artículo, “Comunicación y cables”, que aparecía en el suplemento de un periódico de tirada y distribución nacionales, hablaba de él, de Samuel Soriano, el niño superdotado, hablaba de él y de sus padres y del colegio que acababa de abandonar y de la ciudad de Zaragoza donde él vivía, y supo también que Bernardo R. le estaba mandando a través de ese artículo, voluntaria o involuntariamente, una señal, o una orden, o un comentario, o una sugerencia, y esa señal, o esa sugerencia, o esa orden, decía: “matricúlate en un instituto público, no te dejes convencer, lucha, mézclate, resiste, comunícate”.

     Samuel Soriano, que tenía catorce años, habló tranquilamente con sus padres aquella misma tarde, en el salón de su casa, dialogó con sus padres y convenció a sus padres, y les hizo saber que él era ya un adulto, que era un adulto o podía ser considerado un adulto desde algún punto de vista, desde al menos un punto de vista, pero que no por eso debía dejar de probar y diversificar la experiencia de la vida, porque sus recursos, sus conocimientos, sus vivencias, no eran los de un adulto, no eran los de un adulto en absoluto, sino los de un niño de catorce años que apenas se introduce en los enigmas de las relaciones personales, así que sus padres asintieron en silencio, impasibles, y dijeron que sí, que cómo no, y prepararon los trámites para que su hijo superdotado (que a los dos años sabía escribir, que leyó Rojo y negro a los nueve, que a los trece años demostró sin ayuda el teorema fundamental del álgebra) ingresara en un instituto público cercano al domicilio familiar.

     Lo que sigue es previsible: Samuel Soriano buscó información sobre Bernardo R., sobre el autor de aquel artículo que había modificado su vida, o su manera de ver la vida, y le envió (por medio del periódico que había publicado aquel artículo) una carta, le envió una carta en la que le explicaba, con una prosa diáfana, aunque no exenta de metáforas indescifrables, quién era, y cuántos años tenía, y qué esperaba de la vida. “Tengo catorce años y no quiero morirme jamás”, decía la carta de Samuel Soriano, “mis padres no podrán comprenderme nunca, ni ninguna mujer podrá comprenderme nunca, aunque todavía no conozco el sexo, aunque todavía no sé siquiera si me gustará el sexo, si el sexo será suficiente motivo para que yo me confiese y me exponga. Sin embargo, ya he encontrado en usted un alma gemela, que me motiva y me justifica. Usted escribió ese artículo para mí, y yo he escuchado lo que usted me decía y lo he interpretado y le he hecho caso”.

     La respuesta llegó diez días después. El remite no era una calle de Madrid, de cualquier calle de Madrid, como Samuel había previsto, sino de Barcelona, de una calle cualquiera de Barcelona, o al menos de una calle de Barcelona que Samuel no había oído nombrar jamás y que por lo tanto le pareció una calle cualquiera. En la carta, en los dos folios de letra apretada que llenaba el sobre, Bernardo R., o la letra de Bernardo R., reconocía el estupor y el desasosiego y la sensación de responsabilidad que le habían provocado las palabras de Samuel Soriano. Después, sin motivo aparente, Bernardo R. parecía olvidarse de que el origen de la correspondencia había sido un artículo en una revista, en el suplemento dominical de un periódico, y parecía olvidarse además de que le estaba escribiendo a un niño de catorce años recién cumplidos, y la carta se perdía en una rememoración confusa de un viaje a París que había realizado en su primera juventud, y que había durado demasiado tiempo (al leer aquello, Samuel no pudo entender si Bernardo R. había ido a París en viaje de novios, o si por el contrario había viajado a París huyendo de algún peligro que no se mencionaba; tampoco pudo entender si la estancia en París se había prolongado durante dos meses o durante treinta años). La carta, el autor de aquella carta, recordaba también, con multitud de detalles innecesarios, la imagen borrosa de una muchacha, “azulada y fumadora”, de la que había estado enamorado a los quince años. “Te deseo lo mejor, Samuel”, concluía, “y que tu decisión haya sido la acertada, y que no sufras, o que sufras lo suficiente para entender cuánto vale la vida, o que sufras tanto como para enseñar a los demás la lucidez de sufrir sin quejarse”. Estas últimas líneas concluyentes hicieron pensar a Samuel que no existía la posibilidad de una respuesta, que Bernardo R. le había comunicado ya todo lo que tenía que comunicarle, o todo lo que quería comunicarle o, en términos más abstractos, todo lo que un hombre podía llegar a comunicar a otro hombre.