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Javier Moreno

Candaya, 2008

(fragmento)


Es algo físico, lo aseguro. Puedo escucharlo... Ustedes, si hicieran el intento, estoy convencido, también podrían. Es como (he pensado, he meditado largamente en esta analogía, créanme, es lo más aproximado que he podido encontrar, sé que no satisfará –no puede hacerlo– a todo el mundo) si un reloj de arena estuviese instalado en el interior de mi cerebro. Mejor aún, como si no hubiese cerebro sino un pequeño recipiente lleno de arena y esta arena corriese a través de un embudo hasta mi corazón, adensándolo, haciéndolo cada vez más y más pesado. Como si cada grano de arena fuese, él también, un diminuto reloj. Y puedo escuchar el fluir de la arena, y ese sonido me hace temblar y me pregunto cómo podría escapar de ese tic-tac, como si todos los relojes del mundo se agolpasen bajo la cubierta esponjosa de mi cerebro señalando las horas, tic, los minutos, tac, los segundos, tic, las décimas, tac, centésimas, tic, miles... tic-tac-tic-tac-tic... Sometiéndome a su delirante tiranía. Y yo, indefenso, escucho ese ruido, imaginando en él el silbido de una comba que vibra atrapada entre manos infantiles, retándome, muy rápido; y salto, un pie, otro pie, los dos juntos, porque ése es el ruido de fondo de mi vida, y hay que evitar ser golpeado por la cuerda porque entonces hemos perdido, y vuelta a empezar. Escúchenlo... este ramillete de palabras.

Así es, entre estas cuatro paredes he decidido dar mi última batalla. Encerrado escribiré hasta el final previsible de esta historia. No hay intriga, el villano muere. Y así ha de ser. El perfecto decorado para la escritura es la celda, al final de un larguísimo y oscuro corredor, ahí donde nadie pueda venir a molestar, una ventana apenas para ver llegar la primavera a través de los barrotes, cultivar la melancolía... Maestro Proust, maestro Kafka, maestro Sade, maestro Montaigne, maestro Cervantes, émulos de aquellos trogloditas débiles, amanerados o enfermos que llenaban de pinturas las cavernas, envueltos en sombras, pintando hermosísimos caballos y bisontes, ellos, que jamás habían salido de caza. Porque –sépanlo– nada más nacer, como supongo que hicieron con todos ustedes, alguien propinó una palmada en mi trasero y cuando mis manos tentaron inútilmente el espacio para atrapar un puñado de vacío, en ese instante la sala se llenó con los ecos atronadores de mi primer baladro. Para arreglar las cosas una enfermera descuidada colocó la cuna junto al aparato de aire acondicionado, de manera que cuando horas más tarde mi padre vino a verme (emoción insólita la de asomarse por primera vez al espejo de un rostro, un cúmulo de huesos tiernos, de músculos y piel amoratada en el que uno aspira a reconocerse) mis deditos rosados temblaban como las hojas de un tilo agitado por la ventisca. Sólo habían pasado unas horas desde mi alumbramiento y mi cerebro todavía virgen había tenido tiempo de sacar su primera y radical conclusión: EL MUNDO NO ES UN LUGAR CONFORTABLE. Años más tarde, a esta primera idea vino a acompañarla otra que actuaba como perfecto complemento, compendio de mi escueta sabiduría: nuestro objetivo en esta vida es fabricarnos otra caverna, un útero artificial donde morar y morir. Y yo lo he encontrado. Levanto la vista y veo los estantes poblados de esos extraños bisontes... Y miro hacia mi derecha, arriba, a uno de mis más amados; y ya lo tengo entre mis manos. Paso las hojas hasta dar con la frase: Was kunstlich ist, verlangt Geschlossen Raum... Cuanto es artificio exige clausura. Oh, deliciosa e infernal sabiduría de Fausto. Si quisiera el destino convertirme en vuestro pupilo, a mí, humildísimo Serezádez.

Si miro hacia atrás, si busco un precedente para todo lo que ocurriría más tarde, eso que tanto ha interesado a la masa televidente, a la masa teleoyente, la que se escandaliza cuando uno se abre el pecho y muestra su pequeño corazón latiendo como el de un pajarillo, entonces sólo puedo recordar pequeños detalles, instantáneas que componen un álbum de familia al que nadie más que yo tiene acceso. Y les aseguro que ese tierno doncel que muestra un rostro ceñudo al objetivo, ese muchacho en cuya espalda se pierde la mano del padre como la de un ventrílocuo en una marioneta, no es un monstruo sino la frágil cubierta de una sensibilidad todavía aletargada... Pero no comenzaré mi relato sin dejar al menos una señal, un rastro para los amantes de la psicología, los adoradores del unheimlich. ¡Un síntoma! Explíquenme, señores doctores, muestren al público los resortes más íntimos de mi voluntad, desmenucen mi alma hasta el más pequeño átomo, apliquen las lentes más poderosas, denle la vuelta hasta dar con eso, esa pequeña mota de polvo, ese virus cancerígeno apenas visible, camuflado en medio de los pensamientos más altruistas, por fin descubierto. El auténtico culpable, el muy...

...Me veo de niño junto a un compañero de juegos. Estoy agachado, rastreando el suelo. Se acerca, y al levantar la vista veo sus muslos y, bajo la fina tela del pantalón, el pendular de su sexo, su pequeño gusano ciego. Es Álvaro, nacido en B... y transterrado de nuevo a la provincia de donde salieron sus padres emigrantes. Muerde su pantumaca y con la boca llena sigue siendo capaz de pronunciar impecablemente las eses que aquí desterramos hace tiempo. Tengo que explicarle lo que hago. Me observa como un explorador contempla a un aborigen que recolecta insectos para la merienda. Le digo que lo importante es atarlas bien, cada una a la misma distancia de la anterior y luego prender fuego al hilo empapado de alcohol. Álvaro abre la boca llena de pantumaca como muestra de asombro. Luego se da la vuelta y desaparece por entre los escombros. Al poco regresa luciendo una pequeña mancha en la parte delantera de su pantaloncito. Le digo si quiere ver cómo lo hago. Me sigue en silencio hasta detrás de una pared semiderruida donde improviso mi laboratorio. Las voy atando una a una con meticulosidad y paciencia. De vez en cuando lanzo una mirada a Álvaro que lo observa todo en silencio, a un paso de distancia. Ahora levanto el hilo y contemplo la obra. Un perfecto collar cuyas cuentas son otras tantas hormigas firmemente sujetas por el abdomen. Entonces, mientras sostengo con la mano uno de los extremos, saco el mechero del bolsillo y prendo fuego al hilo. Hay que hacerlo con cuidado, soltarlo en el momento preciso, justo antes de chamuscarse la mano. La cosa dura un par de segundos. Álvaro se agacha y parece interesarse morbosamente por los restos de carbonilla. Escupo sobre la ceniza un gargajo con sabor a arena y alcohol. Álvaro me mira con un poso de miedo y así nos quedamos durante algunos segundos.

Después se despide y se marcha agitando femeninamente sus nalgas.