Cuatro fragmentos de

 

El Mago. Trece cuentos japoneses (Candaya, 2012)

de Ryunosuke Akutagawa 

 


 

 

¿Una dama tan hermosa también viviría como una muñeca en una casa de papel y bambú? ¿Comería con los delgados palitos de metal los granos de arroz servidos en una taza con dibujos de flores azules, tan pequeña como la palma de su mano? Estas preguntas parecían dar vueltas en las pupilas del francés al son de su sonrisa afectuosa, lo que produjo en Akiko al mismo tiempo un sentimiento de gracia y cierto orgullo. Sus zapatos finos de baile color rosa se deslizaban con más presteza sobre el piso, cada vez que la mirada curiosa del francés se fijaba en sus pies.

 

“El baile de Akiko”

 

 

 

 

Desterrado en definitiva de la casa de sus amos, Blanco rondó todo Tokio sin rumbo fijo. Hiciera lo que hiciera, no lograba disipar de su mente la imagen de su propia figura, que se había convertido en negra por completo. Temía al espejo de la peluquería que reflejaba los rostros de los clientes, a los charcos que mostraban el cielo después de la lluvia y a los cristales de las ventanas que recogían las imágenes frescas de las flores de primavera. Llegó incluso a asustarse ante una jarra de cerveza negra, colocada sobre la mesa de una cafetería. Pero ¿cómo huir de todo esto? En la ciudad abundaban los objetos reflectantes que lo asustaban con sus siniestras proyecciones. En esta ocasión apareció un enorme auto negro, estacionado a orillas de un parque, y la puerta barnizada reflejó con asombrosa fidelidad, como si se tratara de un espejo, la figura del perro que se había acercado sin percatarse. Blanco lanzó un gemido lastimero y corrió a esconderse en el parque.

“Blanco”

 

 

 

 

Cuando llegué al pie del puente, ya había un montón de curiosos alrededor de la cabeza. No se veía nada anormal entre los objetos que rodeaban el cráneo recién desgajado del ajusticiado –una tabla blanca de madera con la lista de los crímenes cometidos por Jinnai, un oficial menor cumpliendo tareas de vigilante–, pero... esa cabeza colocada sobre una especie de trípode armado con palos de bambú, ese grotesco rostro ensangrentado... En medio del bullicio, me quedé paralizado al reconocer el rostro exangüe del degollado. No, no se trataba del hombre que yo había conocido: Jinnai Macao. Las cejas gruesas, los pómulos salientes, la cicatriz resultante de una cuchillada en la frente, nada tenían que ver con el rostro de Jinnai Macao. Me sentí tan mareado que llegué a perder la visión, como si todo lo que me rodeaba –la luz cruda del sol, el impertinente gentío, y aquella cabeza expuesta a la intemperie– se hubieran fugado hacia un mundo remoto. La cabeza del degollado no era la de Jinnai sino la mía, me pertenecía a mí, a ese mismo yo de hacía veinte años, justo cuando le salvé la vida a Jinnai. “¡Yasaburo, hijo!”, habría gritado de no haber sido porque se me paralizó la lengua, pero permanecí mudo, temblando sin cesar como un apestado.

 

¡Yasuburo! Observé el rostro muerto de mi pobre hijo como si se tratara de un espectro.

 

“Crónica de una deuda liquidada”

 

 

 

Camino a orillas de un pantano.

 

No sé si es de día o de noche. Sólo alcanzo a escuchar el canto de una garza azul, oculta en algún sitio, y apenas vislumbro el cielo, a medias iluminado, entre las copas de los árboles cubiertas por la hiedra.

 

Cañas que superan mi estatura cubren, como con cautela, la superficie del pantano. El agua, las plantas acuáticas, todo está inmóvil, al igual que los peces que se esconden allá en las profundidades –¿O será acaso que no hay peces en este lugar?

 

No sé si es de día o de noche. Durante los últimos cinco o seis días sólo he estado caminando a orillas de este pantano. Una vez, el aroma del agua y las cañas, mezclado con la luz fría del alba, me envolvió por completo. También recuerdo que en otra ocasión el croar de las ranas fue despertando una tras otra las estrellas que se habían quedado dormidas entre las copas cubiertas de hiedra.

 

Estoy caminando a orillas de un pantano.

 

Cañas que superan mi estatura cubren, como con cautela, la superficie del pantano. Desde hace mucho tiempo yo sabía que existía un mundo fabuloso más allá de esa tupida cortina de cañas. En este instante, desde aquel apartado lugar me llega a los oídos, sin cesar, la melodía Invitación au Voyage. Ahora que la escucho, también creo percibir, en medio del aroma que emana del agua y de las cañas, la dulce fragancia de miel irradiada por la tonada de “La flor de nomeolvides de Sumatra”.

 

No sé si es de día o de noche. Durante los últimos cinco o seis días he caminado en estado de ensoñación entre los árboles cubiertos por la hiedra, añorando ese mundo fabuloso. Sin embargo, es hora ya de tomar la decisión de avanzar hacia el fondo del pantano en busca de “la flor de nomeolvides de Sumatra”, pues desde esta orilla sólo se alcanza a vislumbrar la superficie serena del agua entre las cañas. Por fortuna, hay un sauce viejo en medio de las cañas, con la mitad de las ramas a ras del agua. Desde allí me podré lanzar sin dificultad alguna hacia el fondo del pantano, donde me debe aguardar ese mundo fabuloso.

        

“Pantano”