8.8: El miedo en el espejo

Fragmento (páginas 37-39)


El sabor de la muerte


Los mexicanos tenemos un sismógrafo en el alma, al menos los que sobrevivimos al terremoto de 1985 en el Distrito Federal. Si una lámpara se mueve, nos refugiamos en el quicio de una puerta. Esta intuición sirvió de poco el 27 de febrero.

A las 3.34 de la madrugada, una sacudida me despertó en Santiago. Dormía en un séptimo piso; traté de ponerme en pie y caí al suelo. Fue ahí donde en verdad desperté. Hasta ese momento creía que me encontraba en mi casa y quería ir al cuarto de mi hija. Sentí alivio al recordar que ella estaba lejos.

Durante minutos eternos (siete en el epicentro, un lapso incalculable en el tiempo real del caos), el temblor tiró botellas, libros y la televisión. Oí un estallido, hubo chispas. El edificio se cimbró y escuché las grietas que se abrían en las paredes.

Alguien gritó el nombre de su pareja ausente y buscó una mano invisible en los pliegues de la sábana. Otros hablaron a sus casas para contar segundo a segundo lo que estaba pasando. Imaginé el dolor que causaría esa noticia. Luego pensé que mi familia dormía, con felicidad merecida. No debía hablarles, no en ese momento. Me iba del mundo en una cama que no era la mía, pero ellos estaban a salvo. La angustia y la calma me parecieron lo mismo. Algo cayó del techo y sentí en la boca un regusto acre. Era polvo, el sabor de la muerte.

Mientras más duraba el temblor, menos oportunidades tendríamos de salir de ahí. Los muebles se cubrieron de yeso. Una naranja rodó como animada por energía propia.

Después del terremoto de 1985 leí un manual japonés para sobrevivir a los sismos. Entre otras cosas, recomendaba viajar con un kit que incluía silbato, linterna y una libra de arroz. La indicación más importante consistía en buscar el “triángulo de la vida” en una habitación. Había que situarse cerca de objetos pesados, pero no debajo de ellos. Los desplomes producen huecos triangulares en los que es posible refugiarse. Algún informado escéptico me dijo que eso ocurre en casas con estructuras de madera; en las que son de concreto, hay que buscar otros remedios. Lo cierto es que leí ese prontuario como un evangelio. Un cuarto de siglo más tarde, aquella información esencial se había esfumado de mi mente. Reaccioné con la pasmada incertidumbre del que siempre será inculto ante la naturaleza.

El terremoto de México fue de 8.1 pero devastó el Distrito Federal por la irresponsabilidad de los constructores y por las condiciones del subsuelo, cuya persistente memoria recuerda que allí existió un lago.

La fuerza del terremoto de Santiago fue tan potente que me dejó al margen de toda decisión individual. Cualquier asomo de voluntad era una afrenta a la naturaleza.

La luz se fue por unos segundos. Luego volvió, iluminando nuevas grietas. Un plafón se había desprendido de una pared y dejó al descubierto una maraña de cables.

Cuando el movimiento cesó al fin, sobrevino una sensación de irrealidad. Me puse en pie, con la vacilación de un marinero en tierra. No era normal estar vivo. El alma tardaba en regresar al cuerpo.

No quise descorrer la cortina por temor a que la ciudad estuviera destruida o a que se destruyera por el solo hecho de mirarla. La sinrazón era mi único impulso.

Al cabo de unos segundos, los gritos que el edificio había sofocado con sus crujidos se volvieron audibles. Abrí la puerta y vi una nube espesa. Pensé que se trataba de humo y que el edificio se incendiaba. Era polvo. Sentí un ardor en la garganta.

(...)