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Carlos Skliar

Hablar con desconocidos

 

 

 

 

 

 

Candaya Abierta 6

BIC: FA

ISBN: 978-84-15934-03-5

140 págs.; 21x14 cm

PVP 14 €

 

 

 

 

 

 

 

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Hablar con desconocidos

Carlos Skliar (Candaya, 2014)

Selección de textos


En una librería de un aeropuerto busco algún libro de bolsillo que pudiese durar lo que dura un breve viaje. Me sorprendo al encontrar una versión desteñida de India Song de Marguerite Duras y, entre sus páginas, un billete de ingreso a la casa-museo de León Trotsky en la Ciudad de México. Al acercarme, la vendedora de ojos distraídos me dice que el libro no tiene precio, que no está siquiera registrado, que ese libro no existe. Insisto en comprarlo y de común acuerdo lleva el libro a la sección de objetos perdidos para que, luego de una breve espera, yo lo reclame como su legítimo dueño. Durante el viaje no dejo de pensar en ese lector o lectora que por alguna razón abandonó al mismo tiempo a Duras y, quizá, su pasado trotskista en una librería pequeña de un aeropuerto perdido. Pienso en ese inmenso apego que tengo por las historias de desconocidos. Pienso en mí como un desconocido. Pienso en todo aquello que desconozco y que, en cierto modo, le da sentido a la vida.

 

Hablar con desconocidos significa no saber el mundo de antemano, no conocerlo jamás, sentirse trozos de una pieza irremediablemente descompuesta, mirar la inmensidad como si nunca dejásemos de ser niños en estado de niñez. Un desconocido trae una voz nueva, una irrupción que puede cambiar el pulso de la tierra, un gesto que nos hace torcer lo ya sabido, una palabra antes ignorada. Y se trata de escuchar, no de estar de acuerdo. Estar o no de acuerdo con algo que no pensábamos o no mirábamos antes, carece de todo interés. Lo que vale la pena es asumir la desnudez extrema de un sueño que aún no ha nacido.

 

Cuando amanece la señora de rostro blanco se apoya en su balcón de malvones nunca abandonados y mira el paso de la gente a través de la calle o, quién sabe, el paso de la calle a través de la gente. El universo es aquello que cabe en su mirada. No sería posible reconocer esa calle si no fuera por la mujer de tez de luna inmutable. “Se está bien allí ¿verdad?”, le digo una tarde de lunes, más o menos a las cinco. Con su voz bellamente agrietada, me responde: “Sí, se está bien afuera. Es que adentro hay demasiados recuerdos”.

 

 

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