Domingo Ródenas

Domingo Ródenas

Visión cenital

El Periódico de Catalunya

Jueves, 9 de mayo del 2013

 
 
Entre otras muchas cosas, la novela sirve para hurgar en las rendijas del mundo y observarlo con el ojo de Dios, lo que, puestos a cobrar entrada, no tendría precio. Conocer a la vez qué piensa X de Y, Y de X y Z de ambos, comprobar lo mucho que los tres se equivocan respecto a los demás -casi tanto como yerran al pensarse a sí mismos- es un privilegio privativo de la novela. Ni la psicología ni la sociología resultan más convincentes en su descripción de la tectónica comunicativa humana que Dostoievski, Virginia Woolf, Saul Bellow o Jonathan Franzen. O el argentino Sergio Chejfec, aunque su familia literaria sea la de Sebald, Walser, Vila-Matas o su compatriota Juan José Saer. Son una cepa de escritores interrogativos, que habitan las líneas de sombra de la ambigüedad y recorren el lenguaje por su reverso, con el temple del funambulista.

Chejfec ofrece uno de esos recorridos en La experiencia dramática (Candaya) a través de Félix y Rose, dos amigos que se reúnen para pasear y charlar. A través de esas conversaciones ambulatorias, de lo que trata la novela es del gran teatro del mundo. Que el mundo es un teatro de teatrillos (el de la política, la economía, la cultura, la educación...) ya lo sabemos y hasta querríamos devolver la entrada y salir indignados por la puerta. Pero incluso fuera, a la intemperie, seguimos actuando aun sin pretenderlo, desempeñando papeles interiorizados e indefectibles que nos ponen mordazas y grilletes invisibles y nos impiden alejarnos del guion, haciendo de nosotros intérpretes de escenas repetidas mil veces. Rose y su marido y sus clases de arte dramático, Félix y su interlocución esforzada escenifican la improbabilidad de la comunicación y la necesidad vital del otro como presencia.

Las suposiciones y conjeturas de uno y otro salen a la luz desde la mirada móvil y absoluta de un narrador que podría ser el cartógrafo de Google Maps (esa es la visión de Dios, según el párroco de las primeras páginas) pero dotado de un órgano capaz de penetrar en las voluntades. Ese órgano no es otro que la imaginación novelesca, sujeta con las bridas del talento, el de Sergio Chejfec.