Excursiones (II):

Mientras cenan con nosotros los amigos

Jordi Carrión

“El mar siempre impone silencio”, dice Avelino Hernández en su novela póstuma, que ha publicado la audaz editorial Candaya, “Mientras cenan con nosotros los amigos”. La lluvia martillea (con persistencia microscópica) las cubiertas de los veleros. Nos tomamos un café, casi en silencio, frente a la bahía lacustre de Porto Colom. Porque callamos, recuerdo esa afirmación, que leí anoche en mi cama del anacrónico Hotel Colón de Palma.


En las páginas 159 y 162 de la novela, Avelino pone en boca de una mujer pensamientos de su propia poética. La vida es la obra de arte principal de un escritor: “no es de sabios hacer del escribir –sazonado racimo de la vida– sobresalto de ambiciones que quebrante el pulso al firmar en última instancia el libro de la existencia propia”. Avelino escribe así, entre Horacio y Epicuro y Garcilaso y Machado; clásicamente. En su prosa se pueden encontrar lunas llenas, árboles frutales, jarras de vino. Palabras en desuso. Pero la estructura narrativa que contiene esas palabras es, en cambio, una reactualización casi posmoderna del Decamerón. Historias que vienen y van, alrededor de una mesa, como entrante, primer, segundo plato, copas, postres, cafés, charla hasta la madrugada.

No hay acción (como ahora, frente a la bahía) en esa novela poética, pero sí hay quizá un hilo conductor subterráneo, el de César Cayo, el séptimo de siete hermanos hijos de campesinos: sólo él pudo estudiar. Muchos años después, casado, enamorado, se olvidó de sus raíces y, entre dos mujeres, su esposa y la que podía brindarle un fondo de inversión para sus proyectos, dejó a la primera y se arrepintió, poco a poco, triunfador estúpido, junto a la segunda. La historia de César Cayo es la del místerhyde de Avelino: él siempre apostó, según me han contado, por la lentitud, por la carrera personal –sin servidumbres– por la coherencia, por la amistad, por el amor a su esposa.


La fotógrafa Teresa Ordinas aparece en “Mientras cenan con nosotros los amigos”. Primero en Smara, con mujeres saharauis; después sobrevolando el Estrecho; finalmente en casa, en su cumpleaños, cenando mediterráneamente con los amigos. La he conocido en el transcurso de estos días mallorquines y me ha abierto los ojos a más cosas de las que imagina. Está ahí, a mi lado, mirando llover.

Yo no leeré hasta mañana la postdata de la novela, en que Avelino cuenta que se estaba muriendo. Yo no recordaré hasta mañana aquel vuelo Madrid-La Habana, aquellas páginas finales de Antes que anochezca. Pero más tarde sí que me fijaré en cómo el también fotógrafo Leo Faccio, que me acompaña en esta excursión, siempre que nos sentamos ata con un mosquetón la mochila de su equipo a una silla o a un banco. Todos nos atamos a lo que nos importa; no queremos perderlo; sabemos que nos lastimará el desgarro. En todo eso pensaré mañana, emocionado, acabando de leer un libro que ha durado exactamente los cuatro días del viaje. Más tarde, me daré cuenta de que he tuteado a Avelino en este artículo, yo que no llegué a conocerlo. Me daré cuenta, también, de que él no me hubiera dejado hablarle de otro modo. Ese es uno de los motivos por los que leo y por los que viajo.

eldebat.com, miércoles, 1 de marzo de 2006 (Edición nº 183)