Diario Perfil, Buenos Aires, Argentina, 5 de Octubre De 2008

 

obre “Mis dos mundos”, de Sergio Chejfec

La originalidad y el recato

La ensayista continúa, con este artículo, su lectura crítica de la literatura argentina contemporánea. En este caso analiza la última novela de Sergio Chejfec (Buenos Aires, 1956), “Mis dos mundos”, en la que encuentra reminiscencias sebaldianas aunque, sobre todo, walserianas. La trama: un escritor que reflexiona mientras recorre un parque del sur de Brasil, días antes de su cumpleaños. “En este libro Chejfec lleva a un límite las cualidades de su narrativa anterior”, afirma Sarlo del autor de obras como “El aire”, “Los planetas” y “Lenta biografía”.

Por Beatriz Sarlo


 

Atributos. Con su nuevo libro, una narración reflexiva y en primera persona, para Sarlo

Chejfec reafirma su tranquila soledad en el espacio nervioso de las novedades literarias.

 

Comencé explicándoles cómo había llegado hasta allí, mis problemas para encontrar aquel espléndido parque. Los animales me escuchaban con veneración y no me sacaban la vista de encima; no exagero si digo que parecían hipnotizados por mi relato. Las carpas estaban inmóviles bajo la superficie, con los ojos sin parpadear casi al ras del agua; por su parte, las tortugas movían agitadamente las patas para mantener la cabeza a flote mientras sus pesados cuerpos parecían a punto de hundirse.” La escena portentosa sucede en el último libro de Sergio Chejfec, Mis dos mundos, narración reflexiva, en primera persona, de un paseo por el gran parque de una ciudad del sur de Brasil, que tiene lugar en el mes de noviembre, pocos días antes del cumpleaños del narrador.

 

Sería sencillo decir: relato sebaldiano. Sin embargo, el narrador de Sebald tiene un propósito, aunque seguirlo exija circunvoluciones y despistes, mientras que Chejfec evoca la desgarradora ausencia de finalidad de Robert Walser. Lo que Chejfec comparte, en cambio, con Sebald (y, claro está, también con Walser) es el narrador/personaje “sin cualidades”: incapaz tanto de entusiasmos como de creencias, inerte y, sobre todo, resistente a cualquier exhibición. Las revelaciones que, en el pasado, sucedían durante las caminatas (Goethe y Rousseau caminaron sin pausa) no le ocurren al paseante de Mis dos mundos, como si la era de la revelación hubiera caducado: “Yo nunca encontré nada, sólo una vaga idea de lo novedoso o lo diferente, por otra parte bastante pasajera”. Lo mismo sucede en La mayor, de Juan José Saer, cuando la repetición del acto proustiano de mojar una galletita en el té no produce absolutamente ningún recuerdo. Ellos, antes, podían, escribe Saer. Casi treinta años después, Chejfec retoma esa imposibilidad: el tiempo ha pasado entre los caminantes románticos y el personaje de Mis dos mundos; y el espacio también es diferente: caminamos no por la campiña europea, ordenada como un parque, sino por parques del sur del mundo, donde el sentido de la orientación es invariablemente dudoso y las direcciones del mapa son esquivas.

Un hombre sin cualidades camina por un parque y piensa. Es escritor, y la noche anterior ha leído una reseña sobre un libro suyo: “Un libro fallido por donde se lo mire”, afirma la reseña. Cien páginas después, cuando su paseo está terminando, ese hombre sin cualidades, autor de un libro sin otras cualidades que las de haber fallado, entiende el peligro de ser escritor: “Ya no temía no ser publicado, ni vivir alejado del éxito o del reconocimiento, ya sabía que esas cosas estarían siempre a mi alcance, para bien o para mal; temía que alguien, pasando al lado de mi cuaderno abierto, me desenmascarara como un simple y deliberado impostor”. Es curiosa la reflexión. Althusser cuenta que después de alcanzado el éxito con sus grandes ensayos sobre Marx, temía ser desenmascarado como alguien que no había leído suficiente filosofía. Después de la consagración, el miedo. El narrador de Chejfec, ajeno a la lógica de la consagración, siente el miedo esencial de haber pretendido ser no un escritor exitoso, sino algo más difícil: un escritor. Crítica de la economía del prestigio literario: a diferencia de Althusser, se puede ser exitoso sin temer la humillación del desenmascaramiento; no es posible ser escritor sin experimentar el miedo de no serlo.

Este es el hombre que camina por el parque de la ciudad del sur de Brasil, próximo a cumplir los cincuenta años. El parque es una composición intrincada de círculos de un limbo vegetal, puntuados por pequeños edificios de arquitectura moderna. Después de una avenida de árboles, se llega a un laberinto de plantas (como los que se encuentran, con frecuencia, en Inglaterra), luego unas casillas, después unas grandes pajareras, a continuación una gran extensión verde, más tarde una alameda, una fuente, un jardín oriental, un bosque y un lago con cisnes.

Mientras camina, el narrador divaga por sus recuerdos y, entre ellos, el de un reloj, visto en una ciudad alemana reconstruida como si no hubiera sido destruida por la guerra (esas reconstrucciones que tienen algo de negación siniestra de la violencia, como si el tiempo pudiera retroceder hacia el pasado anterior a la catástrofe), cuyas manecillas se mueven en un sentido inverso al habitual, es decir de izquierda a derecha. Divagante, el narrador nombra dos de sus posesiones, un encendedor de su abuelo y un largavista de su padre; y a ellas agrega el reloj, formando una trilogía imaginaria de objetos que él, hombre sin hijos, tío lejano y distante, dejará como legado a sus sobrinos. ¿Por qué este desvío? El reloj cuyas manecillas van “hacia atrás” es indispensable para pensar la reconstrucción de la ciudad alemana que, en nombre de un pasado arquitectónico glorioso, olvida la violencia y la infamia del holocausto. Los objetos permiten pensar en la muerte, por eso, como un memento mori, entran en este relato: ellos persistirán, cuando el narrador los deje como herencia.

En su caminata, el narrador encuentra hombres, mujeres, un joven, un viejo. Con todos ellos tiene fugaces relaciones desacompasadas. Pero, hacia el final, reconoce que uno de ellos, el viejo, no sólo se le parece sino que podrían ser “la misma persona en distintos puntos del tiempo”. No se trata de un doble, vale la pena aclararlo, sino de una figura más complicada: habitan mundos paralelos (como los dos mundos que dan el título al libro), mundos “variables”, y también tiempos distintos pero co-presentes. Algo entre imaginado y alucinado, más Kafka que Borges.

En esos desdoblamientos del espacio y el tiempo, tiene lugar la gran escena (una de las dos grandes escenas, la primera la he mencionado al principio). En esa segunda, el narrador describe los avances y giros de una barca a pedal, de las que son comunes en los lagos. Como una nave de mitología kitsch centroeuropea, una barca con forma de cisne, con el número 15, ocupada por un hombre y su hija, se desplaza frente a la mesa que él ocupa en un parador del parque (que evoca la arquitectura de Niemayer). El hombre habla con su hija, sonríen, y mueven sus cabezas ubicadas a cada lado del cuello del cisne. Este cruce de miradas, porque el narrador se siente tan observado por el cisne y sus ocupantes como él los observa, le evoca las imágenes de William Kentridge, el dibujante sudafricano que traza el recorrido de las miradas desde los ojos de sus personajes, de modo que “la contemplación misma resulta materializable”. No otra cosa propone este libro.

En Mis dos mundos Chejfec lleva a un límite cualidades de su narrativa anterior. Escritor recatado y enigmático, excéntrico por originalidad de lo que hoy es la literatura, Chejfec alcanza una especie de tranquila soledad en el espacio nervioso de las novedades literarias. Se tiene la impresión de estar frente a un escritor completamente libre de cálculo, que confía encontrar sus lectores sin salir a buscarlos. Impertérrito, Chejfec escribe.