El Litoral, Santa Fe, Argentina,  20 de septiembre de 2008

La vida regalada del caminante

"Mis dos mundos", de Sergio Chejfec.

Por Raúl Teluro


El narrador vaga solo por una ciudad y un parque del sur de Brasil. En los próximos días, cumplirá años; es escritor; tuvo una etapa de parálisis en la infancia, que quizás haya impulsado su ansia de deambuleo; estuvo en Alemania y le gustan las animaciones de William Kentridge. No sabremos mucho más que esto de sus, digamos, datos biográficos. Sin embargo, su contemplación del paisaje lo lleva a reflexionar y recordar, aun cuando su vocación de fl‰neur de alma lo lleve a "caminar sin hacer nada más", como propone en una suerte de escéptico manifiesto: "¿Qué quiero encontrar? Un atisbo de vida linyera hecha de nada, solamente de miedo y ventajismo inmediato; o algún viejo ideal contemporáneo que proponía la caminata como tesis de una nueva religión urbana. Es demasiado confuso y no estoy seguro... Debido a eso, he seguido andando, por inseguridad y por vacío de la voluntad, como si la caminata fuera la última experiencia que puedo ofrendar al paisaje de ruinas por donde me muevo, sin fuerzas para remontarlo ni destruirlo".

El narrador que en esta oportunidad anticipa la caminata que emprende en cada cumpleaños, y que encuentra en el parque de la ciudad extranjera su derrotero final, entre otras tantas reflexiones, se centra sobre la materialización de la mirada, de la mirada que abandona su habitual lastre de pasividad. Los encuentros que le sobrevienen y a los cuales se entrega son mudos, o casi, incluyendo una asamblea de carpas y tortugas que parecen reunirse a sus pies en la orilla del lago para pedirle un discurso, el lago en el que previamente han surgido cisnes inmensos, cisnes de alquiler, cisnes a pedales.

El protagonista, escritor que, como le gustaba repetir a Borges, tiene miedo de que el público descubra que es un impostor, en las últimas páginas revela que de alguna manera su deambuleo remeda el momento de la escritura, la armoniosa espera de una vibración, el límite delicado entre los dos mundos que lo habitan: "La inmovilidad, la espera y todas las situaciones relacionadas, por un lado, y las acciones y los intercambios con el prójimo, por el otro". Dos mundos de límites imprecisos. La espera de la vibración que sólo le concierne a él, y merced al cual el mundo circundante, sin transformaciones ni ruptura eclatantes, pierde consistencia o densidad. Es, en la armoniosa expectativa de esa difusión blanda, que el paseante recarga su energía, y fluye la escritura.