NARRATIVA

Mugalari, Gara, 30 de enero de 2009

 

 

EL PASEANTE DESBRUJULADO

 

MIS DOS MUNDOS Sergio Chejfec. Candaya, 2008

14 euros. 128 páginas

 

IÑAKI URDANIBIA

 

Hablaba Walter Benjamín, tan dado él a rastrear los pasajes de la ciudad de París, de la figura del paseante concentrado en pillar el pulso de las calles por las que camina escrutador y sin pausa funcionando cual arqueólogo de la urbe moderna.

 

En la presente ocasión, el caminador se halla en una ciudad del sur de Brasil y dos mundos se cruzan en él: el de su fuero interno y el de la geografía por la que vagabundea. Y en su errar, el visitante se pierde en sí mismo y tampoco halla referencias significativas en su deambular ciudadano, ya que éstas le resultan como clonadas, iguales a los paisajes urbanos de tantos otros lugares del mundo y, a pesar de su plano, el parque, espacio verde y amplio marcado en el mapa, al que quiere llegar, parece resistírsele. Si don Antonio Machado decía aquello de "caminante no hay camino se hace camino al andar", aquí el caminar es el que hace al caminante desde el punto de vista que le hace analizarse, confundirse, frustrarse como si estuviese en una sesión de terapia. Todo ello hasta el punto de sentirse cercano al rimbaudiano "Yo es otro". Las ideas claras y distintas se evaporan, y el caminador se piensa pero donde no es, allá donde su ser se cuartea asaltado por las dudas, las incertidumbres y los haces de dispares percepciones que le asaltan.

 

Vueltas y más vueltas por la feria del libro del lugar hacen que el protagonista acabe una y otra vez ante los mismos puestos, ante su perplejidad que ve que el escenario se impone a su deseo de conocer, al tiempo que es consciente de la incapacidad para lograrlo. Interfieren en la rumia del que vagabundea los lugares, los habitantes del lugar, los vendedores ambulantes, los policías que entorpecen su actividad, las voces de la tele del hotel, de un campesino que habla sobre sus miedos a la oscuridad y todo ello va a hacer que las cavilaciones del sujeto se disparen en todas direcciones. Las reflexiones derivan entre el adentro y el afuera, creando una situación flotante y, en algunos momentos, alucinante, enlazando los recuerdos de su país argentino, sus vivencias infantiles y, también, los denominadores comunes que se hallan entre la gente de distintas geografías que son colocados al lado de los que pierden, de los que han de soportar los desmanes de los que dominan; memoria de la familia provocada por objetos varios y cisnes, muchos cisnes. También juega en su funcionamiento mental un destacado papel analógico el uso navegante de internet, enlazando redes y creando unas relaciones y asociaciones que se encadenan en la mente del protagonista a la hora de encarar el viaje, el paseo, cual pegajosa tela de araña que le engancha; el laberinto se despliega a su alrededor, y del mismo modo que José Bergamín dijese que lo importante no era centrarse en hallar la salida de éste sino en conocerlo, el paseante pasea su yo extraviado por el extravío urbano. «El vagabundeo se me ha convertido en una de las adicciones pasibles de ser tanto la ruina como la salvación».

 

Sergio Chejfec (Buenos Aires, 1956), retrata con lucidez la fusión entre la percepción, el ser percibido y lo percibido, que se extiende a los mecanismos del propio perceptor, en la senda de los W.G. Sebald, Peter Handke; M. Coetzee y otros. Con esta novela reflexiva es presentado e introducido este desconocido escritor argentino que dejará de serlo, a buen seguro, como lo han sido sus compatriotas Ricardo Piglia o Fogwil, rescatados afortunadamente para el mercado del libro de este lado del Atlántico.