Sergio Chejfec

 

Mis dos mundos

(Candaya, 2008)


Una vez en la orilla, entre la enramada de la vegetación inclinada hacia el agua, lo que implicaba cierta dificultad para moverme, pude apreciar el grupo de cisnes en toda su majestad y su realismo. Tenían una altura como de tres metros, y pese a tales medidas la proporcionalidad de sus cuerpos se exponía perfecta, tanto que el serpenteo estilizado de los cuellos, proverbialmente elogiado por los modernistas, ofrecía en estos modelos gigantes un nuevo e indiscutible argumento de confirmación. El verismo de los cisnes incluía los detalles menores, como por ejemplo el color de los picos, todos de un anaranjado subido de tono, casi rojo, con la sola excepción de un caso, que lo tenía amarillo, como por otra parte es probable que a veces ocurra en la vida real.

No sé si habrá muchas especies de cisnes, en cualquier caso allí había una bastante representada, que yo conozca: el llamado cisne vulgar, de cuerpo blanco, con su habitual antifaz negro que torna misterioso su rostro y hace parecer iguales a todos los ejemplares. Tampoco sé como llamar al otro grupo allí presente, a lo mejor “cara blanca” a secas; o quizá se acercaban peligrosamente a los gansos, porque la única diferencia con el vulgar era que carecían del antifaz. Por lo demás, ambos tipos mostraban similar morfología. Como su nombre lo indica, el cisne de cara blanca no presenta otro color en el rostro, aparte del pico, ya mencionado, y los ojos negros. En cambio, en el cisne vulgar se dibuja el lienzo negro que nace en la base del pico y le cubre los ojos. Descripto así puede parecer una venda, pero en realidad el antifaz es un poco ondulado y exhibe hacia los extremos de la cara, donde uno supone deberían estar las orejas, si las tuviera, unas aberturas blancas que hacen las veces de ojos, pienso, o por lo menos otorgan al rostro de los miembros de este grupo un dinamismo o una gracia de la que carecerían sin esa fantasía a primera vista teatral. Cisnes anónimos, podría pensarse, que buscan estar de incógnito. Los de cara blanca tienen grandes los ojos, representados por dos círculos negros estampados casi sobre el cráneo.

A diferencia de casi cualquier cisne real, les faltaba la carúncula, la prominencia carnosa que les crece a ciertas aves en la base del pico o en la cabeza y que, como dicen los manuales, suele ser eréctil. Es razonable por lo tanto que estos cisnes no tuvieran el adminículo, por cuanto el único simulacro de movimiento al que podían aspirar era la navegación a pedales. Conservo una foto donde aparecen alineados en filas de a seis sobre un costado de la rampa de embarque, presumiblemente amarrados. Aparte de lo ya descripto, me impresionó de ellos tanto su silencio como su disposición. Ambas cualidades pueden parecer fantasiosas, ya que no me engaño: uno debe activar la imaginación para asignar vida a estos cisnes. Lo mismo ocurre con todo lo inanimado, debemos prestarle vida, pero no en todo lo inanimado comprobamos en tal grado ese tipo de silencio y esa disposición que yo verificaba entonces, digamos a buscar una sintonía con alguna escala humana. Era claro que los lunes no nadaban demasiado. Si uno quería adjudicarles vida, podía pensar que ello se debía al cansancio acumulado el fin de semana, los días de mayor trabajo. Sin embargo, pese a estar así como se dice estacionados, su faceta realista se confirmaba en el hecho de parecer preparados para moverse en cualquier momento.

(Páginas 88-90)

 

Ahora me acuerdo de Kentridge, el famoso sudafricano cuyos personajes dibujados, en especial uno, por quien tiene una especial inclinación, de nombre Félix, tanto que según parece es su alter ego, raramente miran hacia el punto de vista de la imagen. No obstante compensan esa característica, si es que debe ser compensada y no abandonada del todo, con la proyección de miradas visibles, no sé cómo llamarlas mejor. Una mirada visible sería el trazo del recorrido de la mirada, como si se tratara de un haz de luz o de un fluido luminoso. William Kentridge dibuja las miradas visibles a través de líneas punteadas, parecidas a los chorros de la fuente de este parque donde estuve y sus múltiples direcciones, que detallé más arriba. Así, un objeto físicamente imposible de describir para la pintura o el dibujo, como es el comportamiento visual de los personajes cuyos ojos no vemos, en este caso consigue realizarse. Podemos observar a Félix de espaldas, o de costado, mientras contempla un punto del paisaje, un rincón de la habitación o las estrellas del firmamento, y notamos cómo salen de sus ojos unos guiones intermitentes que forman la línea punteada, dando la impresión de ser un camino de hormigas o una acción en proceso, para el caso sería casi lo mismo.

De este modo, la mirada abandona su habitual lastre de pasividad. El argumento físico, posiblemente erróneo, en que se sostiene esta idea, supongo, es que la luz no es demasiado rápida y por lo tanto la contemplación misma resulta materializable, y por ende visible con facilidad. Las líneas punteadas no solo representan un vínculo, sino la mirada en proceso de renovación continua, tendida hacia el punto observado, como si cada raya, por pequeña que sea, fuera una concisa o magna concentración de energía disparada desde el ojo que al llegar a su objetivo se desvanecerá. Kentridge es conocido por sus dibujos animados compuestos con grafito, que cuentan historias de adultos a la manera de los pioneros de la animación. A veces parece que busca representar el apetito insaciable del sistema capitalista, devorador de almas, cuerpos y naturaleza; otras veces expone reflexiones gráficas cargadas de melancolía acerca de sentimientos y acciones humanas. En general me resulta conmovedor asistir a las metamorfosis físicas de sus personajes, dependientes de fuerzas terrenales que literalmente los disuelven, los extinguen o los recomponen bajo otra forma en el próximo dibujo.

Una vez terminada la anécdota en la que fueron protagonistas, estas personas sucumben a su propio avatar corporal. Uno ve las siluetas en movimiento y advierte el supremo cansancio que domina a estos personajes cuando ya han dado casi todo de sí mismos; llega un momento en que parecen trastabillar, se confunden en el bosque de rayas en que se ha convertido la pantalla y un fotograma después se han desvanecido o transformado. No hace falta decir que cada vez con mayor frecuencia me siento un personaje de Kentridge, en especial Félix, ese ser errabundo, alguien versátil a la deriva de la historia y al curso de la economía, pero al mismo tiempo exageradamente indolente ante aquello que lo rodea, cosas o individuos, hasta el punto de sucumbir sin sobresaltos a las consecuencias, en ocasiones definitivas, de sus acciones.

(Páginas 110-112)