Paseador de perros

Sergio Galarza

(Candaya 2009)

 

Capítulo 1



Trabajo paseando perros, también cuido gatos y limpio la jaula de un mapache, ese mamífero gris plata que lleva un antifaz negro como los osos panda. He realizado toda clase de trabajos desde que iniciara este peregrinaje por la ruta incierta de los anhelos, pero nunca imaginé que me haría cargo hasta de un mapache. Al comienzo pensé que pasear perros me alejaría de la gente y sus taras. Cuando era lavaplatos el dueño me apuraba a gritos aunque no hubiera muchos clientes y encima tenía que ahuyentar a las ratas del Deep South para poder tirar la basura en un contenedor que emanaba gases tóxicos. Cuando limpiaba la piscina de un hotel los huéspedes se quejaban siempre: habían encontrado un pelo o la hoja de un árbol flotando a su alrededor. Y cuando fui teleoperador tuve que soportar los discursos motivadores de un colombiano que no paraba de preguntarme cómo me sentía.


Una de las cosas que más odio es que alguien me interrumpa para preguntar cómo me siento. He llegado a creer que mi rostro refleja a un tipo huraño. ¿Acaso necesito ayuda? ¿Será por eso que los amigos de mis amigos me miran raro y me hablan con timidez?, como si acabara de salir de un centro de rehabilitación para drogadictos o de un manicomio. A veces no me interesa hablar en las reuniones. Si llego de trabajar, lo único que necesito es el descanso en una cama hecha a la perfección. Que por dentro me carcoma una calamidad, es lo de menos. Lo que importará siempre es que la cama esté bien hecha y limpia, como la jaula de Odo, el mapache.


Llegué a Madrid en compañía de Laura Song, mi novia. Madrid es como una maternidad para los viajeros. Aquí todo empieza y yo tenía ganas de borrar el Lado A de un disco sin éxitos. El Lado B es éste que empieza, como todo aquí, en Madrid. Convencí a Laura Song de que no valía la pena quedarse estacionado en una misma ciudad, y menos en Lima. Le dije que siempre tendría a su familia como un mapa de afectos que podría visitar cuando quisiera, y me creyó. Evitaré caer en el recuento amoroso de nuestra relación, lo intentaré pero ya verán que es imposible, las cicatrices y los vicios siempre atraen a los reflectores del morbo.


Confieso que el día en que nuestra relación empezó fue el más feliz que he tenido hasta ahora, sobre todo con la escasez de alegrías que atravieso. Sucumbí, hay que reconocerlo, a los temblores que ocasiona una chica frágil escondida bajo el caparazón de la indiferencia. Esa madrugada nos quedamos dormidos en el sofá de su salón con el televisor prendido. La dejé desayunando en la cocina y en la calle una 4x4 llena de jóvenes me sopló en la cara a toda velocidad. Adiviné que unas cuadras más allá una patrulla de la policía los detendría y así fue, yo los vi desde la combi. Quería contarle a los noctámbulos que viajaban conmigo que había dormido en un sofá junto a mi nueva chica. No me atreví. Y le dije a la cobradora de la combi que yo había adivinado que esos policías pararían a la 4x4. La señora me miró desconfiada y exigió que le pagara el pasaje de inmediato. Tenía la mirada de un mapache aquella mujer.