A propósito de Sílabas de arena

 Por Cristina Peri Rossi



¿Qué son sílabas de arena? Huellas, marcas. La palabra siempre es una marca, un estigma, un signo, una inscripción en el tiempo. Y se hacen (las marcas, los estigmas, los signos) para advertir, para comunicar, para expresar, para detener lo fugitivo, es decir, contra la muerte. El libro que Antonio Telo tituló de este modo es completamente significativo de esta función de la poesía: consignar la realidad y prever el futuro, las tareas que los antiguos faraones atribuyeron a los escribas.

En su economía esencial (la buena poesía nunca tiene una sílaba de más, si se me permite el juego con el título) como la del haiku, tiene el tono de una admonición bíblica, y utiliza el recurso del paralelismo de continuidad, tan frecuente en el Antiguo Testamento. También los símbolos están recogidos de esa tradición: el pastor, el cordero, la paloma y el olivo. De este modo, el poeta se convierte en pastor de palabras, en el mago de la tribu, en el sacerdote del templo.

Paréntesis es un curioso poema que a mí me hizo recordar los textos festivos que escribió Max Aub sobre los signos tipográficos, textos poco conocidos, pero que en Tello son poesía, sin excluir la intención lúdica, la inventiva. Bestiario que viaja por la escala zoológica y culmina con la voz del poeta, que habla sólo por puntos suspensivos, es decir, desde la incertidumbre o el continuará mañana. ¿Cuál es la función, según Antonio Tello? Conjurar el olvido: tarea vasta e interminable que permite la formación de las bibliotecas y de las librerías, esos gigantescos reservatorios del malestar de vivir y de la memoria. El olvido es el mar, dice el poeta, y recorre las islas míticas, las islas misteriosas, apoyado en una tradición de navegantes ilustres que buscan también recuperar la memoria, secuestrada por el olvido. De este modo, con poemas sucesivos, Tello va uniendo distintas tradiciones, distintas mitologías, como la hebrea, la griega... Quizás el verso más profundo, más valiente y revelador es: La angustia que nos oprime es Dios: metafísica existencial por excelencia.

La poesía y la poética de Tello está cargada de símbolos (el agua, la piedra, el laberinto, el reloj, el paso del tiempo, el Edén) como hombre inscrito en el tiempo, es decir, en la cultura, que conversa con sus antepasados y con sus contemporáneos, hasta alcanzar una calidad metafísica por oposición a la subjetividad psicológica (Sólo nuestra voluntad de conocer // contradice la inutilidad del yo), es decir, huye del romanticismo. La melancolía de sus versos parece instalada en esa metafísica nacida de un desgarro individual (el éxodo, el destierro) que se convierte, por alegoría, en un sentimiento colectivo: no sólo el individuo pierde su patria, su Edén particular: son todos los individuos quienes están desterrados, por el mero hecho de paridos.

A partir del poema Creación –uno de los más profundos del libro- Antonio Tello explora una forma más vanguardista de expresión y más musical, con algunos juegos de desconstrucción de las palabras hasta reducirlas justamente al título: sílabas. Se inscribe así en una tradición que viene de lejos (de Apollinaire hasta Huidobro, Vallejo y Octavio Paz) y que ha sido muy explorada por la poesía hispanoamericana contemporánea. Las metáforas son también más audaces: acaso ese ciego que navega entre islas de conciencia o ese verso tan feliz, el canto de las serpientes que copulan con los dioses.

El énfasis temático se vuelve en esta parte hacia el hecho mismo de la escritura y del poema, y del silencio, que no es su opuesto ni su contrario, sino su complementario. Por eso, quizás, el símbolo nuevo de esta parte final del libro es Babel, la torre bíblica de la confusión de lenguas, mito que, por otra parte, con diferente nombre, se encuentra en otras culturas y que yo misma empleé, renovado, en uno de mis libros de poemas. Babel no pertenece a nadie, es de todos: mito fundador y, por otro lado, misterio que continúa en la Semiótica y en la Lingüística.

También en esta parte final del libro la soledad intrínseca del ser humano, condenado de manera irremediable a la muerte se hace más presente, como destino individual y colectivo. Sobrevivir no basta: aun los sobrevivientes la encontrarán, en otro momento, y ni el poema los podrá salvar. En el origen hay un misterio, y porque se trata precisamente de un misterio, excluye el consuelo, convierte a los seres humanos en sobrevivientes que viajan en naves del diluvio [que] surcan el silencio. La muerte y el silencio son las dos cifras de cualquier sino, de cualquier navegación.

De esta sección, los versos que prefiero son La marea va y viene olvidada de sí y una // bandada de palabras vuela a otra parte. Parábola del sinsentido existencial, pero a la vez, canto a la musicalidad del idioma, al hecho de constituirnos en criaturas parlantes.

Como observó oportunamente Roland Barthes, la escritura, a partir de la segunda mitad del siglo XX, se tomó a sí misma como tema, como conflicto, como asunto. Especialmente en la poesía. Pero que el poeta se observe como poeta es un desdoblamiento que alcanza en este libro más de un reflejo especular, porque el poeta se percibe a sí mismo, fundamentalmente, como criatura histórica, es decir, sujeta a las interrelaciones con los demás y sometido a las leyes de esa misma historia. Antonio Tello escribe desde dentro de esa condición, sufriéndola y a la vez con la conciencia lúcida de que no se puede escapar. En todo caso, lo único que se puede es dejar constancia, huellas sobre la arena, a menudo sílabas.

En sociedades cada vez más banales, lo sagrado (en el sentido más amplio del término) se encuentra en la poesía, que detiene el tiempo, suspende el espacio y, como en el caso de los poemas de Antonio Tello, nos vincula, a nosotros, los despatriados, los extraterritoriales a una tradición colectiva: la del ser vivo, que es la muerte.

 

Cristina Peri Rossi