El lenguaje del vacío

 Por Olga Martínez Dasi


No sé bien cuál debe ser el lenguaje del vacío, del origen y de la noche, el lenguaje de los principios, de los mitos fundadores y de los estallidos cósmicos, pero intuyo que debe tener la voz de Antonio Tello en Sílabas de arena, un poemario de palabras intensas y casi ceremoniales, donde la tristeza de los enigmas se diluye en el vértigo silencioso de los puntos suspensivos o de los vocablos que se fragmentan con violencia alucinada, y en donde el mundo se reinventa en los nombres y en los verbos, pues apenas hay cabida para los adjetivos y lo accesorio en este universo de percepciones esenciales, en este viaje iniciático por el agua, el fuego, la luz, la lluvia, las islas, la marea y el caos. 

Libro de palabras hipnóticas que nos acercan a los paraísos abandonados y a la belleza de lo innombrado, de  palabras desnudas que inquietan, pero salvan,  pues al final nos ofrecen el orden perfecto de la reflexión  (y sólo la voluntad de conocer contradice la inutilidad del yo)  o  nos retornan a los sonidos primigenios en los que todo se sustenta y prolonga, como ese aún, adverbio, morfema, sílaba rotunda, que finalmente rescata y redime la vida (aún persiste la nota aún la vida), Sílabas de arena es la primera obra poética que publica el escritor catalano-argentino Antonio Tello, que aunque hasta ahora es conocido fundamentalmente por sus ensayos (El Quijote a través del espejo, Extraños en el paraíso) o por su obra narrativa (los libros de cuentos El día que el pueblo reventó de angustia y El interior de la noche y las novelas De cómo llegó la nieve, El hijo del arquitecto y Los días de la eternidad), es sobre todo, y también cuando escribe prosa, un poeta que penetra hechizado en el “íntimo territorio de las almas” y nos devuelve al asombro y al temblor de los misterios, para recuperar, como dice Cristina Peri Rossi en el prólogo, la función sagrada de la poesía y detener lo fugitivo y conjurar el olvido.     

 Olga Martínez Dasi