Antonio Tello, el poeta del silencio

Las palabras salvadas

Jorge Rodríguez Hidalgo


 

Cuando el tren

atraviesa la noche

poco importa

país o destino

 

De Autorretratos, de Carlos Vitale

 

    La literatura no ha muerto. Tal es la reflexión que se deriva de la lectura de la obra de Antonio Tello. Cultivador de todos los géneros literarios y periodísticos conocidos, este argentino cordobés es esencialmente poeta.

    La dimensión del poeta Tello excede los límites de su inevitable argentinidad, pues lejos de adscribirse a cualquier localismo extiende su curiosidad vital y literaria al inconmensurable ámbito del hombre libre, es decir, del hombre que mira y aprehende cuanto ve a la manera del filósofo clásico. Su peculiar modo de destilar realidades, memorias y sueños le ha valido en no pocas ocasiones la incomprensión del lector y la censura editorial, amén de la persecución por parte de la plutocracia y la dictadura argentinas. La suerte de Tello, pues, corre paralela a la de los grandes poetas, acechados siempre por  los poderes fácticos (“Fui poeta, moralista y revolucionario, como la mayoría de los hombres./ Pero en ese siglo,/ la moral, la revolución y la poesía/ fueron condenadas por la minoría,/ que también era de hombres”). Pese a que la mayor parte de su obra ha sido editada en España, también aquí ha sufrido, y sufre, la acción depredadora de empresas y colegas paniaguados de las instancias políticas (“La memoria del humillado/ permanece/ la memoria del humillado/ no vende su memoria”, dice el poeta Carlos Vitale). Sin embargo, Antonio Tello ha sabido dotarse del ser del junco, y ningún viento ni ninguna fuerza le han partido. El poeta Tello es un resistente. Un resistente allá y acá, un apátrida allende y aquende el mar, un patriota de sí mismo, esto es, de su palabra. Su palabra. La palabra. Tello conoce el material con que se levantan los edificios de las ideas, se rotura el pensamiento, se camina hacia el silencio. Lo terrible, a veces, es que ese conocimiento no se halla por igual en aquellos que conforman la orteguiana “circunstancia”, y sus construcciones, en el mejor de los casos, quedan extramuros de la ciudad de las letras políticamente correctas.

    Decíamos al inicio del presente escrito que Antonio Tello es esencialmente poeta. En efecto, en su obra prima la palabra sobre el género, que es tanto como decir el alma sobre el cuerpo. La palabra es la condición sine qua non de sus textos; la palabra desnuda, despojada de caireles, a lo Juan Ramón. Tello es un alquimista de la palabra, y como tal trabaja con ella en estado puro. Por eso, la elección se convierte tanto en el motor de la obra como en un fin en sí mismo. La palabra es el big bang que da origen a la multitud de mundos que informan sus escritos, la infinidad de historias que componen la única historia que cuenta. Porque, efectivamente, Tello no es un contador de historias que se yuxtaponen sin que las ligue un nexo común. Tello escribe una sola historia, pero desde diferentes ángulos, atendiendo a la realidad poliédrica.

    ¿De quién, de qué habla la obra de Antonio Tello? ¿Cuál es “su” historia? En nuestra opinión, el poeta no pretende testimoniar ni enjuiciar, sino esbozar. No escribe acerca de su vida ni de la realidad de la Argentina. Quien busque en sus novelas y cuentos un dato o pretenda enarbolarlas como armas arrojadizas contra personajes o situaciones reales quedará decepcionado (“¡Ay del pastor que fundamenta al rebaño armado!”). La obra del poeta Tello es literaria. ¿Quiere esto decir que no es posible identificar en ella, rastrear su devenir personal y el de la sociedad a que pertenece? No. Pero su intención es distanciarse del modelo para desprenderse del yo que tanto sesga las miradas (“Dejar atrás la vida. Esa conciencia de ser/ sujeta al mundo. Volver a ese lugar donde/ acaba la muerte; donde la existencia/carece de rostro. […] Gozo. Gozo. El rostro. El tiempo./ el nombre. Ecos del grito./ La luz./ Mi voz entra en el vacío y se pierde,/ como se pierden las sílabas de arena/ en la arena/ sílabas de arena en la arena…”). Desde este punto de vista, Tello no es un escritor comprometido con nada ni con nadie y, por lo tanto, su obra carece de moral, que no de ética.

    Una de las claves para entender su obra es su concepción del mundo     -entendido como cultura- y del tiempo. Cuando escribe, Tello se sabe en la punta de un iceberg con más de dos mil años de historia. El Tello que escribe es –sin presunción alguna- el lapicero del pasado, que por mor de su palabra se hace presente, primero, e intemporal, después. “El hombre está fuera del tiempo”, suele decir. Y congruentemente con este aserto, su escritura se torna libre, la expresión se abre e inaugura el juego literario. Semejante idea del tiempo le permite, por ejemplo, conferir varias personalidades a los mismos personajes, sin incurrir por ello en contradicción. Y en cualquier caso, la contradicción poco le importa, pese a que e veces desconcierte al lector. Pero, advierte, “el lector que se joda”. No quiera deducirse de estas palabras un menosprecio al lector. Todo lo contrario, es un desafío al mismo. La obra de Tello no es de lectura sencilla, lo cual no significa que no sea clara. Nunca ha recurrido a lo fácil, a lo que todo el mundo espera. Una vez concluye sus escritos, dejan de pertenecerle, y es entonces el lector quien debe hacer el esfuerzo final. Tello evoca aquí –permítasenos- a una suerte de Sísifo de ida, de subida. Del lector depende que la piedra inicie o no la caída.

    El lenguaje de que se sirve es, hoy por hoy, extraordinariamente complicado porque es sumamente preciso. Tello elige las palabras exactas, extrae de ellas su unívoco significado, algo inusual en la actualidad. Las palabras significan lo que significan, y no cualquier otra cosa. Cabe de nuevo recordar a Juan Ramón, y también a Cervantes y a Borges, autores que hoy no formarían parte del círculo literario dominante, a causa, entre otros factores, de su radical rigor lingüístico.

    En su afán por alcanzar la mayor claridad, Tello desdeña los adjetivos para darle todo el protagonismo al sustantivo. Nombrar, nombrar, nombrar. He aquí su obsesión.  Dejar que las cosas se expresen por sí mismas, sin mediatizaciones. A este fin, también administra con mano tensa la presencia del verbo; verbi gratia: el nadador ya lleva implícita la imagen del hombre que nada. Repitámoslo: que las cosas se expresen por sí mismas, que incluso sea innecesario nombrarlas, que el silencio limpie el espejo de los ojos. El silencio. El poeta Tello es un esperador del silencio. Es un silencio vuelto del revés. El poeta calla… con “sílabas de arena”. El poeta Tello. Vale.